Sabores con herencia

Sabores con herencia
Gastronomía panameña afroantillana.

La comida representa, para muchos, una forma de hacer memoria, de nuestros orígenes, de quiénes somos, de dónde venimos y, quizás, incluso de nuestro propósito. En distintos rincones de este hermoso país conviven sabores tradicionales, internacionales y fusionados. Sin embargo, hay momentos en los que todos nos entusiasmamos con la idea de transportarnos a un universo de un sabor único, como lo es la gastronomía de ascendencia afro.

Esta cultura, profundamente arraigada en nuestra herencia criolla desde la construcción del ferrocarril y el canal de Panamá entre los siglos XIX y XX, forma parte integral de lo que nos define como pueblo. Hoy, más del 30% de la población panameña se reconoce como afrodescendiente, lo cual representa entre 1.2 y 1.3 millones de personas. No se trata de una presencia marginal, sino de un componente esencial de nuestra identidad nacional.

Con el paso de los años, las comunidades afrodescendientes han logrado un mayor reconocimiento de su cultura e identidad. Provincias como Panamá, Colón y Darién destacan por preservar y proyectar con orgullo sus costumbres y sabores. En este contexto, el corregimiento de Río Abajo emerge como un punto vital donde la tradición afroantillana no solo se conserva, sino se vive en el día a día a través de su gastronomía, sus pequeños negocios y sus dinámicas comunitarias. Este espacio podría perfilarse como un corredor gastronómico, donde no solo destacan los restaurantes, sino también los pequeños vendedores, productores y comerciantes que forman parte esencial de esta red. Aquí, los sabores, saberes y prácticas culturales se entrelazan, dando forma a una experiencia que trasciende el acto de comer.

No obstante, en medio de los procesos de transformación urbana surgen tensiones que no pueden ignorarse. Actualmente se impulsan proyectos orientados a la optimización y modernización de la ciudad, pero estos pueden generar efectos colaterales en quienes sostienen, desde lo cotidiano, la identidad del lugar. Estas dinámicas no siempre logran visibilizar a todos los actores que forman parte de este tejido cultural y económico.

El desafío radica en lograr una verdadera integración. No se trata de oponerse al progreso, sino de construir una armonía donde el desarrollo no implique la pérdida de la herencia. Apostar por un modelo de consumo más eficiente implica fortalecer los vínculos que ya existen en el territorio: desde quien cultiva o trae los ingredientes, pasando por los pequeños vendedores que los distribuyen, hasta los cocineros que los transforman en platos llenos de historia. Es un circuito cercano, casi invisible, donde todo ocurre en un mismo lugar y donde cada actor aporta al sustento del otro. Mantener ese equilibrio no solo preserva la tradición, sino también fortalece una economía local que se alimenta a sí misma.

Porque al final no se trata únicamente de acercarnos a estos sabores en fechas específicas, como el mes de mayo, sino de reconocerlos, valorarlos y sostenerlos durante todo el año. En cada plato hay una historia que merece ser preservada, no como un recuerdo distante, sino como una experiencia viva de nuestra identidad.

Preservar estos sabores no es mirar al pasado; es sostener lo que somos.

La autora es arquitecta y estudiante de gastronomía.


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