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Salarios de élite, jubilaciones precarias y un sistema que castiga la pobreza

En Panamá, el salario de más de cuarenta panameños de escasos recursos puede equivaler al sueldo de primer mundo que percibe el administrador del Canal, sin contar con los múltiples beneficios que este último tiene.Los mejores salarios están repartidos entre los comisionados, subcomisionados, ministros, asesores políticos, diputados, funcionarios públicos de alto rango y en las llamadas botellas de los gobiernos, que cobran sin hacer absolutamente nada.

Ni hablar de las universidades públicas, donde legiones enteras de familias están en planilla con grandes sueldos solo por tener vínculos con rectores, decanos o directores regionales.En Panamá, la influencia política determina el pago a los funcionarios, no la justicia.

El dinero que debería distribuirse de forma equitativa para la mayoría que aspira a una vida digna se reparte entre unos pocos discípulos de la corrupción y del poder.Los jubilados lucharon por años en las calles por una bonificación extra para comprar medicamentos; sin embargo, la que se aprobó con un impuesto al licor no llega ni a doscientos balboas, repartidos en tres pagos, y a la cual no tienen acceso los jubilados que no estuvieron en planilla hasta junio de 2024, como si existieran diferentes categorías de jubilados: unos que llegaron a tiempo y otros que llegaron tarde a la repartición.

Luego de una vida de pagar cotizaciones, al final se descuenta hasta un cuarenta por ciento sobre un salario base que se reduce significativamente.Como los propios jubilados lo expresan, su vida oscila entre comprar comida o medicamentos.

Estamos hablando de personas que generaron riqueza con su esfuerzo; sin embargo, ¿qué riqueza generan decenas de comisionados y subcomisionados que se jubilan con el cien por ciento de su salario?

No existe la equidad ni la justicia social, y pareciera que existe un odio profundo por parte del sistema hacia todo lo que huela a pobreza.Las filas interminables para comprar arroz y jamón en época de Navidad revelan una suerte de adoctrinamiento, cuyo mensaje pudiera ser: “tenemos el poder para que te comportes como mascota”.

Una persona pobre que se robe una galleta o mate una iguana para comer puede pasar años en la cárcel, mientras que quienes roban millones al Estado reciben el beneficio de casa o país por cárcel. Con suerte, pueden solicitar asilo en una embajada bajo la consigna de persecución política y vivir la “dulce vida” en otro país con los millones estafados.

La desigualdad social, que va en aumento en Panamá, sigue siendo el talón de Aquiles en el país de los edificios inteligentes y del único canal interoceánico del continente.Los políticos siguen repitiendo las mismas mentiras cada vez que llegan las elecciones, y los votantes, aunque conocen esta realidad, siguen dando su voto, como la novia que vuelve a enamorarse y nuevamente es traicionada por quienes solo piensan en sus propios beneficios y no practican la espiritualidad ni la empatía hacia quienes sufren necesidades nunca resueltas.

El autor es sociólogo y docente.


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