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Salud mental 1.0: desórdenes alimenticios, cuando las palabras no alcanzan

Muchas veces, cuando hablamos de un desorden alimenticio, lo primero que pensamos es que la persona tiene un problema con la comida, con su autoestima o con su imagen corporal; o que el desorden alimenticio es una consecuencia de la presión social, de las redes sociales o de una supuesta falta de voluntad. Sin embargo, estas son explicaciones muy superficiales y, en muchos casos, erradas.

Debemos pensar la anorexia, la bulimia, el comer compulsivo e incluso la obesidad como síntomas; es decir, como expresiones de un conflicto emocional mucho más profundo.

En estos casos, la relación con la comida funciona como un lenguaje: cuando las palabras no alcanzan para expresar lo que se siente, el cuerpo habla. El cuerpo se convierte en un escenario a través del cual la persona expresa su sufrimiento psíquico o su malestar emocional: necesidad de control, sentimiento de vacío, angustia, duelos no elaborados, conflictos familiares, crisis de identidad, dificultad para “digerir” los afectos, entre otros. Es decir, detrás de cada síntoma existe una historia particular, un sufrimiento singular. Por eso, no es posible generalizar las causas del desorden alimenticio: cada caso es único.

Esto también implica que no existen tratamientos universales ni recetas aplicables a todos. Cada persona come o deja de comer por razones propias. Por ejemplo, una persona puede dejar de comer porque inconscientemente desea desaparecer; para otra, ese mismo síntoma puede significar un intento desesperado de ser vista “desde los huesos”; o, en un tercer caso, puede tratarse de una forma de generar horror en el otro.

Por eso, en el abordaje terapéutico, lo importante es ir más allá de la conducta visible y escuchar lo que está diciendo ese síntoma particular. Desde luego, es indispensable contar con un equipo profesional —nutricionista, psiquiatra, endocrinólogo, entre otros— que atienda los aspectos médicos y fisiológicos, sobre todo cuando existe riesgo para la salud. Un abordaje multidisciplinario es clave para resguardar el bienestar de la persona.

Sin embargo, esto no quiere decir que la prioridad sea normalizar la ingesta. Insistir una y otra vez en que la persona coma, o en que suba o baje de peso, no resuelve el problema de fondo. Es como apagar una alarma de incendio sin investigar de dónde proviene el fuego: la alarma se silencia, pero el peligro continúa. O, dicho de otro modo, es como tomarse un analgésico para bajar la fiebre sin tratar la infección que la provoca.

Lo verdaderamente importante es comprender el porqué del síntoma; ayudar a la persona a identificar sus emociones y conflictos, y a encontrar formas más saludables de expresarlos. Esto supone interesarse por su historia particular y entender qué se está tratando de resolver o de expresar a través del cuerpo. Mientras el foco siga puesto en la comida y no en lo que subyace, solo se conseguirán alivios momentáneos: se apagará la alarma sin investigar ni resolver lo que la activó.

Además, por lo general, cuando se logra trabajar lo subyacente, el síntoma remite por sí solo; es decir, desaparece, porque la persona ya no lo “necesita”.

Recordemos: cuando el conflicto encuentra otro modo de expresión, cuando logramos usar las palabras para articular lo que nos pasa, el cuerpo deja de ser un campo de batalla y algo nuevo comienza a construirse.

La autora es psicóloga clínica y psicoanalista.


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