En Panamá, la adicción no siempre se esconde en los rincones oscuros o en la ilegalidad. Al contrario, nos rodea. Basta caminar por las calles, viajar en Metro o en bus para encontrarnos con publicidad constante de juegos de azar, promociones y “cubetazos” que glorifican sustancias y comportamientos legalizados.
Vivimos en una cultura adiccionista donde el consumo se ha convertido en eje de validación social. Esta normalización genera un fenómeno peligroso: la invisibilidad del problema. Cuando consumir es aceptado e incluso incentivado, a quienes desarrollan un trastorno les resulta difícil reconocerse, perdiéndose entre mitos y consumos “excusados” por la tradición o por patrones culturales, lo que retrasa la búsqueda de ayuda.
Antes de juzgar, es necesario entender.
Reconozcamos —en nosotros mismos o en alguien cercano— que la relación con la sustancia va mucho más allá de un comportamiento inadecuado. Se trata de un conflicto neurobiológico y afectivo profundo. La persona no se vincula con un líquido o un polvo, sino con la fantasía de control y suficiencia que ese objeto promete, especialmente cuando su historia está marcada por vínculos frágiles, ambivalentes o insuficientes.
En muchos casos, la sustancia aparece como un “objeto” que no juzga ni critica, que acepta y consuela. Pero el precio de este alivio es alto: la pérdida progresiva de la autonomía. A nivel cerebral, el sistema de recompensa se ve alterado por una saturación de dopamina, disminuyendo la capacidad de sentir placer en experiencias cotidianas —andar en bicicleta o besar a un hijo antes de salir al trabajo— e iniciando una búsqueda cada vez más descontrolada por recuperar ese resultado ilusorio.
¿Cómo saber si el consumo ha dejado de ser social para convertirse en una patología?
La frecuencia y la cantidad orientan, pero el diagnóstico se define por la pérdida de control y el lugar que el consumo empieza a ocupar en la vida de la persona.
• Tolerancia (y posible abstinencia): Existe el mito de que “saber beber” o “aguantar más” es una fortaleza. Clínicamente, suele indicar lo contrario: el cuerpo se adapta y necesita dosis mayores para obtener el mismo efecto. No es aprendizaje, sino pérdida de sensibilidad neuroquímica, y en algunos casos aparecen síntomas de abstinencia.
• Craving y dificultad para controlar: Es el deseo intenso que irrumpe y anula decisiones previas. La persona se propone no consumir y, aun así, termina haciéndolo ante estímulos mínimos. Aquí el sistema de recompensa ha aprendido a imponer la sustancia como respuesta automática.
• Prioridad del consumo y persistencia pese al daño (criterios centrales en la Clasificación Internacional de Enfermedades, OMS): El consumo comienza a ocupar un lugar central. Actividades antes placenteras, vínculos o responsabilidades se relegan o abandonan y, aun cuando las consecuencias en la salud, las finanzas o los vínculos son evidentes, el consumo continúa.
El papel del entorno y la familia
La adicción afecta a todo el sistema familiar en un fenómeno conocido como codependencia. A menudo, los seres queridos, en su afán por ayudar, caen en dinámicas de protección que facilitan que el consumo continúe.
Si la familia actúa como un espejo de la cultura adiccionista —normalizando o encubriendo—, el paciente difícilmente podrá internalizar límites sanos. El proceso de recuperación requiere que el sistema de apoyo aprenda a diferenciar entre el amor y la facilitación, ayudando al individuo a construir vínculos reales y funcionales que sustituyan al vínculo tóxico con la sustancia.
¿Qué hacer si identificas el problema?
Reconocer que se ha cruzado la línea es un acto de valentía extrema. El camino a seguir debe ser integral:
Entender la adicción como una enfermedad compleja, no como una falla moral.
La toma de decisión es necesaria, pero rara vez suficiente debido a los cambios neuroquímicos y a la profundidad del vacío psicológico. Se requiere intervención de psiquiatras y psicólogos especialistas.
Es fundamental frecuentar espacios donde el consumo no sea el eje central y donde se fomenten vínculos humanos genuinos.
La adicción prospera en el silencio y en la búsqueda de objetos que intentan llenar vacíos que solo el vínculo humano y el autoconocimiento pueden sanar. Identificar los síntomas a tiempo y actuar con profesionalismo es la única forma de romper el ciclo.
La autora es psicóloga clínica y psicoterapeuta.


