Muchas veces tenemos la tendencia a usar “normal” y “saludable” como sinónimos, pero en psicología y en salud mental son conceptos muy diferentes. Lo “normal” se refiere estrictamente a una norma estadística: a lo que le ocurre a la mayoría de las personas o a lo que está socialmente aceptado. Lo “saludable”, en cambio, se refiere a la funcionalidad, es decir, a aquello que nos permite funcionar de manera óptima.
Toda emoción, pensamiento, conducta o límite que promueva equilibrio, así como capacidad de gestión, afrontamiento y disfrute, es saludable y beneficioso para la salud mental.
Siempre me meto en problemas con este ejemplo, pero me parece útil para entender la diferencia: lo normal en Panamá es ofrecer bebidas alcohólicas en fiestas de quince años a invitados menores de edad. (Ya sabes para dónde voy…). Es claro que esto no es saludable —ni legal—, pero es normal.
Este fenómeno de la “normalidad tóxica” se extiende a otros ámbitos. Por ejemplo, es “normal” vivir estresado, dormir cuatro horas y almorzar frente a la computadora porque “hay mucho trabajo”. Socialmente, esto incluso se aplaude como señal de compromiso. Pero ¿es saludable? Para nada. El hecho de que “todo el mundo lo haga” no significa que haga bien.
En materia de salud mental, estar saludables no se define por la ausencia de enfermedades o diagnósticos, sino por el desarrollo de capacidades. Recordemos la definición de salud mental de la Organización Mundial de la Salud: “estado de bienestar mental que permite a las personas afrontar los momentos de estrés de la vida, desarrollar sus capacidades, aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a su comunidad”.
Si lo miramos desde la salud física, estar sano no es solo no tener una enfermedad, sino contar con la capacidad de usar el cuerpo de manera óptima. En salud mental ocurre lo mismo: estar sano implica mantener una actitud positiva hacia la vida, a pesar de las dificultades, sentirse bien consigo mismo y con los demás, y actuar de forma responsable en las relaciones y el trabajo.
Además, una persona saludable no es aquella que siempre es positiva, sonriente y libre de problemas o estrés, sino aquella que posee flexibilidad psicológica. Entre los rasgos que puede tener una persona emocionalmente saludable se encuentran:
Resiliencia: capacidad de afrontar las adversidades de la vida, adaptarse y seguir adelante.(Ejemplo: tras la pérdida de un ser querido, duele, se vive el duelo y luego se retoma la vida cotidiana).
Regulación emocional: capacidad de sentir la gama completa de emociones y regularlas sin reprimirlas.(Ejemplo: sentir enojo y elegir conscientemente cómo responder, en lugar de reaccionar de forma impulsiva).
Autonomía: capacidad de tomar decisiones y sostener opiniones sin depender de la aprobación de los demás.
Percepción de la realidad: capacidad de reconocer la realidad y actuar con sentido práctico.(Ejemplo: si lo más probable es que llueva, aunque se desee un día soleado, se lleva paraguas).
Establecimiento de límites: saber decir no sin culpa, entendiendo que poner límites no es egoísmo, sino autocuidado.
Autocompasión: tratarse con amabilidad cuando se cometen errores; ser un buen amigo para uno mismo, en lugar de un juez severo.
El camino hacia la salud mental comienza cuando nos atrevemos a cuestionar lo normal. Hace falta valentía para revisar nuestras costumbres, rutinas y relaciones y preguntarnos: “Esto es lo que hace todo el mundo, pero ¿me hace bien a mí?”.
Toda emoción, pensamiento o conducta que promueva tu equilibrio y tu paz mental es saludable, aunque nadie más a tu alrededor lo practique. La invitación es simple: deja de intentar ser normal y empieza a priorizar ser saludable.
La autora es psicóloga.

