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Salud mental 1.0: pensamientos intrusivos

En un cumpleaños infantil se escucha a una madre desahogarse:“¡Qué frustración con mi hijo, es un necio! Por su culpa llegamos tarde a todo. Siempre nos atrasamos por su indecisión. Hasta las maestras ya están hartas porque nunca termina sus trabajos y anda fracasando”.

Lo que esa madre no ve es que su hijo no está siendo necio. Está atrapado en su propia mente.

En la mente de ese niño pueden estar ocurriendo pensamientos como estos, una y otra vez:“¿Revisaste la tarea? No puedes entregarla así”.“Todavía no está listo… mejor vuelvo a revisar”.“Si no está perfecto, mejor no lo entrego”.“¿Trajiste todo lo que necesitabas? ¿Se me está quedando algo? Mejor reviso el cuarto de nuevo”.

Estos pensamientos, que llegan sin que los deseemos y que no nos dejan avanzar de manera tranquila, son conocidos como pensamientos intrusivos. Son ideas que aparecen sin permiso, insisten y no se van fácilmente. Cuando generan tanta angustia que paralizan, no permiten cumplir con responsabilidades o dificultan el día a día, estamos frente a una señal que merece atención.

Cuando un niño no logra salir de su cuarto o de su casa, no logra ir a la escuela o no logra terminar sus tareas o trabajos, es momento de detenernos a entender qué es lo que le está impidiendo hacerlo, en lugar de asumir que no quiere o que no le importa.

La comunicación con los hijos es clave para que tengan la confianza de contarnos qué está pasando por sus mentes. Parte esencial de esta comunicación implica escuchar sin juzgar y enfocarnos genuinamente en comprender, más que en corregir o criticar de inmediato.

Ser muy exigente con uno mismo o perfeccionista es uno de los ejemplos más comunes de cómo un pensamiento intrusivo puede impedir avanzar. Culturalmente, esta conducta suele ser aplaudida y glorificada, cuando en realidad puede convertirse en un peso muy grande para quien la vive.

Existen factores biológicos que influyen, así como factores ambientales que pueden contribuir a la autoexigencia y a la ansiedad, como las presiones, las expectativas y un estilo de crianza excesivamente estricto.

La ansiedad puede ser, para algunos, un gran monstruo invisible que va creciendo sin que quienes están alrededor se den cuenta. Muchas veces, cuando finalmente se hace evidente, es porque ese monstruo ya ha crecido demasiado.

Un pensamiento intrusivo puede generar muchísima ansiedad, que luego se intenta compensar con conductas destinadas a aliviarla. Es como cuando algo pica en la piel y no permite concentrarse: se necesita rascar para aliviar. El problema es que, en algunos casos, esas conductas tampoco son sanas y terminan manteniendo el ciclo.

No todos somos iguales, ni interpretamos ni toleramos lo mismo. Hay personas con mayor sensibilidad y mayor vulnerabilidad. Por eso, la curiosidad por entender al otro es clave, y para ello es necesario crear espacios seguros donde se puedan expresar y recibir herramientas adecuadas.

Cuando hay pensamientos intrusivos presentes, lo más importante es ayudar a la persona a llevar una vida funcional, en la que estos no generen tanta angustia. Muchas veces, para quien observa desde afuera, lo que ocurre en la mente del otro puede parecer una exageración; para quien lo vive, es algo real, atormentador y difícil de controlar, aunque lo intente. Por eso, escuchar sin juzgar es fundamental.

Una vez comprendemos que las conductas observadas son producto de un malestar interior, es importante buscar ayuda profesional para trabajar la distorsión del pensamiento y aprender habilidades de afrontamiento sanas que permitan interrumpir ese ciclo que afecta negativamente la calidad de vida. El tratamiento puede incluir medicación para la ansiedad y la rumiación, pero no necesariamente es la única opción. Desde la psicoterapia se puede hacer mucho, ya que ofrece un espacio seguro, acompañado por profesionales y con herramientas respaldadas por la ciencia para aliviar el malestar.

Ser curiosos, intentar entender y no asumir es un primer paso. Si alguien no logra compartir con nosotros lo que le ocurre, ayudarlo a encontrar a otra persona con quien sí pueda hacerlo también es acompañar.

Evitemos saltar a la conclusión de que se trata de necedad o flojera. Detrás de la demora, la indecisión o la repetición, puede existir una lucha silenciosa que no se ve.

La autora es psicóloga clínica.


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