Como vimos en la entrega de la semana pasada, la personalidad es el conjunto estable de características biológicas y aprendidas que nos definen como individuos únicos. Esta combinación determina cómo cada persona piensa, siente y se comporta, así como la forma en que se relaciona con los demás y se percibe a sí misma.
Cuando estas características son saludables, la persona es capaz de adaptarse con flexibilidad a los cambios del entorno, mantener relaciones sanas y contar con herramientas para enfrentar las dificultades de la vida. Por ejemplo, si un plan de fin de semana se cancela por mal clima, la persona no permite que eso le arruine el humor durante todo el día. En cambio, propone rápidamente una alternativa, como organizar una tarde de películas en casa o adelantar un proyecto personal.
Sin embargo, no todas las personas logran desarrollar esta flexibilidad. Cuando los patrones de pensamiento, comportamiento y forma de relacionarse se vuelven extremadamente rígidos, inflexibles y generan malestar significativo o problemas persistentes en la vida diaria, nos encontramos ante lo que se conoce como un trastorno de la personalidad.
Los profesionales de la salud mental —psiquiatras y psicólogos clínicos— son quienes están capacitados para diagnosticar la posible presencia de estos trastornos. Para ello, utilizan criterios establecidos en manuales diagnósticos. El diagnóstico requiere la presencia de un patrón persistente, inflexible y generalizado de rasgos mal adaptativos que incluyan dos o más de los siguientes:
• Patrón inadaptado: patrón persistente de experiencia interna y comportamiento que se desvía notablemente de la cultura del individuo. Puede manifestarse en la forma en que la persona percibe la realidad, en la intensidad de sus emociones, en su funcionamiento interpersonal y en el control de impulsos. Por ejemplo, cuando alguien no es invitado a un evento y piensa: “Soy insoportable, nadie me quiere realmente, siempre termino solo”.
• Inflexibilidad: la persona reacciona de manera rígida. Por ejemplo: “Todos deben pensar y actuar como yo considero correcto; si no, están equivocados y me enojo”.
• Malestar clínico: los síntomas afectan de forma significativa el funcionamiento de la persona en áreas como relaciones, trabajo o disfrute de la vida, lo que requiere atención profesional. Por ejemplo, una persona con rasgos obsesivo-compulsivos puede pasar tantas horas revisando un informe que incumple la fecha de entrega.
• Estabilidad: los síntomas suelen aparecer en la adolescencia o adultez temprana, y se mantienen de forma estable y prolongada.
• Exclusión: el cuadro no se explica mejor por otro trastorno mental, consumo de sustancias o una condición médica.
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) agrupa diez tipos de trastornos de la personalidad en tres grupos (A, B y C), según características compartidas.
Grupo A: rasgos raros o excéntricos.• Paranoide: desconfianza y sospecha• Esquizoide: falta de interés en los demás• Esquizotípico: ideas y comportamientos excéntricos
Grupo B: rasgos dramáticos, emocionales o erráticos.• Antisocial: irresponsabilidad social, engaño y manipulación• Limítrofe: vacío interior, relaciones inestables y desregulación emocional• Histriónico: búsqueda constante de atención y excesiva emocionalidad• Narcisista: grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía
Grupo C: rasgos asociados a ansiedad o miedo.• De evitación: evitación del contacto interpersonal por sensibilidad al rechazo• Dependiente: sumisión y necesidad de cuidado constante• Obsesivo-compulsivo: perfeccionismo, rigidez y obstinación
Este artículo no busca fomentar el autodiagnóstico ni etiquetar a quienes nos rodean. Todos tenemos rasgos particulares y días difíciles, lo cual es completamente normal. El objetivo es acercarnos a la salud mental, perder el miedo a estos conceptos y, sobre todo, recordar que, si existe un malestar que interfiere con la vida diaria, el paso más importante es buscar ayuda profesional.
La autora es psicóloga.


