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Santa Librada: una devoción que trasciende el tiempo y las fronteras

Santa Librada: una devoción que trasciende el tiempo y las fronteras

Hay devociones que se reciben como herencia y permanecen vivas porque cada generación encuentra en ellas una razón para creer. Así ocurre con Santa Librada, cuya presencia está profundamente arraigada en la historia, la cultura y la espiritualidad de Las Tablas. Aunque julio reúne las manifestaciones públicas más conocidas en su honor, su templo recibe durante todo el año a quienes llegan para orar, pedir consuelo o agradecer las gracias recibidas por su intercesión.

Santa Librada fue venerada en Sigüenza, España, donde su catedral conserva un altar, un sepulcro y un retablo del siglo XVI, pintado por Juan Soreda. La tradición cristiana la recuerda como una joven mártir que defendió con firmeza su fe y su libertad.

Existe, además, un vínculo histórico con Panamá. Diego Ladrón de Guevara Orozco y Calderón, antiguo canónigo de la Catedral de Sigüenza y, posteriormente, obispo de Panamá, promovió esta veneración y solicitó una reliquia para la catedral panameña. En 2006, Las Tablas recibió otra reliquia procedente de Sigüenza.

La memoria tableña relaciona la llegada de la imagen con familias que, después del ataque de Henry Morgan a la antigua ciudad de Panamá, en 1671, huyeron por mar hasta desembarcar en Mensabé. Otros relatos sostienen que fue encontrada entre las rocas del puerto. Estas narraciones, transmitidas por generaciones, forman parte del patrimonio oral de la comunidad.

Entre las imágenes más conocidas se encuentran La Pequeñita, La Chola, La Moñona y La Peregrina. La iglesia que las alberga fue afectada por un sismo en 1802, declarada monumento histórico nacional en 1954 y dañada por un incendio cuatro años después. Entre sus muros se han celebrado bautizos, matrimonios, promesas, despedidas y acciones de gracias.

Cada 11 de julio comienzan las novenas. Una imagen es llevada al puerto de Mensabé, donde se celebra la eucaristía y se realiza la tradicional procesión acuática, acompañada por embarcaciones y fieles. La ceremonia recuerda el vínculo entre el mar, Mensabé y Las Tablas.

Durante esos días, el pito y la caja se escuchan a las doce del mediodía y a las seis de la tarde frente al templo. Sus compases anuncian el tiempo de oración y enlazan la solemnidad religiosa con las expresiones populares. El pito, antiguamente fabricado con caña de bambú y, posteriormente, con aluminio, forma parte de un conocimiento que merece conservarse.

La noche del 19 de julio, Santa Librada recorre las calles entre flores, velas, cantos y plegarias. Para muchos peregrinos, la procesión representa la culminación de una promesa sostenida durante meses o años.

Al comenzar el día 20 se ofrece la tradicional serenata. Acordeones, violines, guitarras, décimas y salomas convierten la música en homenaje. Más tarde se celebra la misa solemne, centro religioso de la festividad.

Después de los actos litúrgicos, las calles reciben la cabalgata en honor a Santa Librada. Jinetes de diferentes comunidades participan con caballos preparados para la ocasión, en una manifestación que une fe, tradición ecuestre y vida campesina.

En el marco de estas fechas se desarrolla también el Festival Nacional de la Pollera, instituido en 1957 y celebrado cada 22 de julio. Sus certámenes se encuentran entre los más reconocidos e importantes del país dentro de sus respectivas categorías.

El programa comprende el Concurso Nacional de la Pollera, cuyo máximo reconocimiento es la Medalla Margarita Lozano, además de competencias de violín, acordeón, tamborito, camisilla, sombrero pintado, sombrero de junco e indumentarias infantiles. Participantes de distintas regiones y panameños residentes en el extranjero regresan para concursar o reencontrarse con sus raíces.

Las mandas constituyen una de las expresiones más conmovedoras de esta fe. Hay peregrinos que recorren largas distancias, algunos descalzos, mientras familias y voluntarios ofrecen agua, alimentos y descanso. También se entregan vestidos, flores, velas, cabello, coronas, medallas y joyas.

Cuando Santa Librada aparece engalanada, el brillo de sus cadenas, pendientes y numerosas prendas de oro y plata no habla solamente de belleza. Cada pieza es un agradecimiento convertido en luz, una historia dejada junto a su imagen por un favor concedido. Sobre su vestido resplandece la alegría de muchas familias que regresaron para decir: «Gracias».

La vida campesina aportó otra costumbre singular: el toro de Santa Librada. Antiguamente, el mayordomo seleccionaba con los ganaderos las reses destinadas a los juegos y daba preferencia a quienes las ofrecían en cumplimiento de una manda. En la memoria popular permanece el anuncio: «¡Viene el toro de Santa Librada!».

Los juegos se realizaban frente a la iglesia, en el espacio que hoy ocupa el parque Belisario Porras. Allí se levantaba la barrera con cañazas, varas de mangle o madroño, sujetas con bejuco de culebra. Con el crecimiento de Las Tablas, la actividad fue trasladada a la Plaza de Praga.

Esta costumbre se diferencia de la corrida española. El ganado se juega entre mantas, pito, caja, salomas y voces del público, pero no es llevado para ser sacrificado.

La fuerza de esta veneración no reside únicamente en las imágenes, las ceremonias o las expresiones culturales. Su raíz más profunda se encuentra en la confianza de quienes acuden a Santa Librada ante una enfermedad, una necesidad familiar o una prueba difícil.

La enseñanza católica reconoce que toda gracia procede de Dios y que los santos interceden por los creyentes. Por eso, numerosos fieles encuentran en Santa Librada una intercesora cercana, consuelo ante la dificultad y ánimo para continuar.

Santa Librada es patrona de Las Tablas, pero su veneración está abierta a todos. Los tableños son custodios históricos de este legado y reciben a peregrinos procedentes de distintas comunidades, provincias y países.

Preservar esta herencia significa cuidar el templo, mantener vivas sus celebraciones y contar su historia con respeto. Santa Librada continuará acompañando a quienes llegan con una necesidad y a quienes vuelven agradecidos. Su nombre permanecerá unido a Las Tablas, a la fe de sus devotos y a la esperanza de quienes buscan, ante su imagen, nuevas fuerzas para seguir adelante.

La autora es docente.


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