Durante principios del siglo pasado el mundo atravesó por épocas de extrema violencia que, sumado al desarrollo de la tecnología, nos mostró el horrible escenario que nos ofrecía la industrialización de la guerra. Este potencial industrial de destrucción no hizo más que aumentar durante la segunda mitad del siglo XX con la guerra fría y la masificación de las armas de nucleares.
Sin embargo, hubo un factor determinante para la prevención de una tercera guerra mundial: La destrucción mutua asegurada que traía este tipo de armamento. Sí, señores, hablamos de armas con el poder verdadero para acabar con la vida en la tierra si se desplegasen de forma generalizada y que durante esta convulsa época no hicieron más que proliferar.
Tras la caída de la Unión Soviética, las naciones del mundo se encaminaron hacia una visión menos ideológica y mucho más mercantilista, competitiva y globalista, en la que todos los países que quisieran ser relevantes, desarrollarse y participar activamente en el orden mundial debían adaptarse a las leyes de oferta y demanda, a los tratados de libre comercio, a la compra y venta de activos y un largo etc., en una economía mundial que dependía de la participación de todos los países.
Es así como, hasta hace poco, veíamos muy difícil que se desarrollara un conflicto armado entre naciones, puesto que una nación que comercia, compra y vende, exporta e importa necesita mantener buenas relaciones (o por lo menos un entendimiento básico), hasta con sus enemigos y los aliados de estos, ya que obviamente la guerra es mala para los negocios, por más de un motivo.
Las innumerables relaciones comerciales multilaterales, que poseen casi todos los países, a pequeña y gran escala eran el factor que hacía a muchos dudar de un posible conflicto a nivel global y aunque el pesimismo haga tentador decir lo contrario, hasta ahora habíamos vivido una de las épocas más pacíficas que ha conocido la humanidad, puesto que la amenaza de un conflicto mundial a gran escala se había reducido a causa de la proliferación de estás relaciones comerciales que necesitaban también de buenas relaciones diplomáticas.
Sin embargo, desde hace algún tiempo el mundo pareciera estar olvidando que está posibilidad, la de una guerra mundial, es una amenaza latente y que hoy no significa lo mismo que hace 100 años, sino más bien, el posible principio del fin de toda la raza humana.
Para nadie es un secreto que hoy por hoy estamos en una segunda guerra fría, una con armas aún más destructivas y avanzadas. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante es la creciente predisposición de las naciones a utilizar dichas armas. Esta voluntad por la destrucción aumenta en la medida que las relaciones multilaterales económicas disminuyen a causa de las sanciones y embargos económicos cada vez más agresivos de parte del bloque occidental contra el oriental y viceversa. Y es que entre menos se necesiten los países y bloques de Estados entre sí, menos tendrán que perder sus dirigentes, ante la opción de las armas.
Es conveniente entender esto para contribuir efectivamente a una reducción de las tensiones que existen, porque de seguir esta situación el vaso se colmará y serán nuestras acciones mínimas las que podrían desatar una situación tan espantosa que podríamos terminar extrañando la pandemia.
A veces hay palabras que se repiten tanto que se vuelven un mantra aburrido y sin sentido para las masas, pero estas en específico son demasiado básicas y necesarias: Debemos acudir al diálogo, a la negociación y, en casos como el de Panamá, por más presiones que vengan de arriba, a la neutralidad.
Es imperativo mantener vigentes las relaciones multilaterales entre los países, porque son estas en primera y última instancia el verdadero disuasor de conflictos armados, mucho más que los ejércitos y las armas de destrucción masiva, son el escudo contra la guerra.
Nadie pelea con su vecino si lo necesita para comerciar.
El autor es abogado y politólogo
