Nuestra juventud y el futuro del país están en riesgo. Es preocupante que, según datos del Índice de Pobreza Multidimensional del año 2018, el 32.8% de los menores de 18 años es de pobres multidimensionales por sus carencias en vivienda, agua, saneamiento, salud, alimentación, educación, formación temprana, protección y recreación.
Los indicadores apuntan a que el 16.1% de los niños, niñas y adolescentes tienen carencias en educación y formación temprana, en servicios básicos como agua potable; 15.9% tiene limitaciones de acceso, fundamental para prevenir enfermedades. Más del 15% no tienen una buena alimentación. Es lamentable que la atención y seguimiento en el hogar deje mucho que desear. Otros aspectos pueden incidir. Sin embargo, para que los niños, los niñas y los adolescentes puedan aprovechar las oportunidades de recibir una educación de calidad, deben contar con servicios de atención apropiada en su hogar y en sus centros de aprendizaje.
Nuestro llamado de atención es una alerta. Ojalá la estemos haciendo a tiempo. Se requiere un plan de acción multidimensional, intersectorial e interinstitucional para combatir, con mayores probabilidades de alto impacto, en corto plazo, las cicatrices permanentes en nuestra niñez, juventud y sociedad en general, de las lacras de la pobreza multidimensional. Para ello, la intervención oportuna a nivel comunitario de los gobiernos locales es crucial .
Cuando comparamos los resultados de la prueba censal nacional Crecer que realiza el Meduca anualmente desde 2016 , con el objetivo de conocer los niveles de logro en lectura comprensiva en tercer grado, hay grandes brechas entre los resultados, según se trate de áreas urbanas, rurales e indígenas.
Las diferencias porcentuales entre las distintas regiones son amplias. Es alarmante que en las áreas indígenas, los niños con nivel de logro 0 representan el 46.4%. Es congruente con la realidad de la oferta educativa en las áreas indígenas, pues hay ineficiencia y lentitud en el proceso de asignación de docentes, de recursos como material didáctico y dotación de infraestructuras apropiadas para que los niños, niñas y adolescentes se eduquen en condiciones de equiparación de oportunidades, a fin de lograr aprender con calidad.
No son suficientes las intervenciones de ministerios como el de Desarrollo Social, el de Educación y el de Salud. Es imperativo que estos retos sean encarados como Estado. La sociedad completa debe convertirse en parte de la solución.
Lo que no se mide no se puede mejorar. Los resultados de diversos estudios enfocados en conocer la realidad social de nuestro país son importantes para enfocar las estrategias y tener impacto, a fin de tener éxito en romper el círculo de la pobreza multidimensional.
Proveer una educación de calidad con equidad es fundamental. Para ello, debemos atender las escuelas y no aceptar como una sentencia definitiva que, donde naces, te condena a recibir una educación que no te permitirá romper con los obstáculos socioeconómicos y culturales de tu entorno.
Panamá no necesita niños y jóvenes condenados desde que nacen. Debe ser un país de oportunidades para todos. Manos a la obra, por el Panamá que merecemos todos los panameños.
El autor es miembro de Jóvenes Unidos por la Educación