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Sí, la educación da vergüenza... ¿y ahora qué?

Cuando un presidente José Raúl Mulino afirma con contundencia que “la educación en Panamá es una vergüenza”, no lanza una simple crítica: revela una verdad que, durante décadas, ha sido ignorada, disfrazada o suavizada. Lo impactante no es únicamente la declaración, sino que, por fin, alguien con poder se atreve a exponer una realidad innegable. Porque sí, la educación panameña es vergonzosa, y no exclusivamente por culpa de docentes o estudiantes, sino debido a un modelo agotado, abandonado y sostenido por discursos vacíos y presupuestos insuficientes.

Decir que estamos ante una crisis educativa resulta insuficiente. El sistema está profundamente deteriorado. Las escuelas públicas se encuentran en condiciones precarias; los docentes trabajan con recursos limitados; los estudiantes enfrentan desigualdades estructurales; y el currículo continúa desconectado de las necesidades del país. A esto se suman huelgas frecuentes, decisiones administrativas erráticas y una desconexión alarmante entre educación y desarrollo. No se trata de una simple falla técnica: es una traición generacional.

Se suele culpar a los gremios o a las administraciones pasadas. No obstante, el verdadero problema es sistémico: Panamá nunca ha tratado la educación como un proyecto nacional ni como una prioridad real. Ha sido utilizada como moneda política, como promesa de campaña, como discurso hueco. El resultado está a la vista: un país con potencial, pero sin una base sólida de pensamiento crítico ni capacidades ciudadanas.

El presidente Mulino no se equivoca en su diagnóstico. Su afirmación es cruda, pero certera. El reto, sin embargo, no es solo reconocer la herida, sino iniciar su sanación. Es urgente tomar decisiones valientes, implementar políticas coherentes y reformar la estructura desde sus cimientos. No basta con aumentar el presupuesto: se necesita redefinir qué se enseña, cómo se enseña y para qué se educa.

Sentir vergüenza puede ser un punto de partida. Debe dolernos ver escuelas sin agua potable, niños que caminan kilómetros para estudiar en aulas deterioradas y jóvenes que egresan sin competencias básicas. Ese dolor colectivo debe transformarse en conciencia nacional, capaz de impulsar una transformación auténtica.

Panamá necesita una visión clara de futuro. ¿Continuaremos formando egresados desvinculados del mundo real y ciudadanos sin herramientas? ¿O apostaremos por una educación basada en la innovación, el pensamiento crítico, las ciencias, el arte y la tecnología? La respuesta definirá el rumbo del país.

Educar no es solo transmitir información. Es formar criterio, desarrollar ciudadanía, cultivar humanidad. Para ello se requieren docentes valorados, políticas sostenibles, infraestructura digna y acceso a tecnología. Pero, sobre todo, se necesita algo aún más escaso: voluntad política y visión de Estado.

No puede hablarse de desarrollo económico, justicia social ni democracia sólida mientras la educación siga siendo el eslabón más débil. Cada año mal planificado representa un futuro comprometido. Cada joven sin herramientas representa una oportunidad perdida. Panamá no puede permitirse más improvisaciones.

El presidente encendió una alarma urgente. Ahora corresponde demostrar que sus palabras no fueron solo un gesto de franqueza, sino el inicio de un compromiso real con el futuro del país. La vergüenza ha sido expuesta; el desafío es corregirla.

La autora es profesora de filosofía.


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