El mundo vuelve a vivir horas de incertidumbre estratégica. Yo vi cómo una guerra puede destruir un canal.
Durante la Guerra de los Seis Días me encontraba en Egipto cuando el Canal de Suez fue convertido en un campo de batalla. Salíamos por la carretera agrícola rumbo a El Cairo mientras columnas militares avanzaban hacia el frente y, a lo lejos, se escuchaban las explosiones que iban destruyendo el canal.
Aquella escena me dejó una convicción que nunca me ha abandonado: cuando un canal se convierte en objetivo de guerra, el mundo entero comienza a temblar.
Por eso escribo estas líneas.
El mundo atraviesa hoy un momento de creciente tensión geopolítica. Conflictos regionales, rivalidades entre grandes potencias y amenazas a la libre navegación están alterando el delicado equilibrio que durante décadas sostuvo el comercio internacional.
En estas circunstancias, la geografía vuelve a convertirse en protagonista de la historia.
Existen cuatro puntos estratégicos cuya estabilidad determina el funcionamiento del comercio mundial: el Estrecho de Ormuz, el Canal de Suez, el Estrecho de Malaca y el Canal de Panamá.
Por esos estrechos y canales circula una parte esencial de la energía, los alimentos, las materias primas y los bienes que sostienen la economía global. Interrumpir uno de ellos ya provoca perturbaciones en el comercio mundial. Pero si varios de estos pasos se vieran afectados simultáneamente, el impacto podría desencadenar una verdadera crisis económica global.
A lo largo de la historia, las grandes potencias marítimas —las antiguas talasocracias— entendieron que quien protege las rutas del mar protege también la prosperidad de las naciones.
La historia marítima de la humanidad repite esa misma lección: quien protege las rutas del mar protege también la prosperidad de las naciones.
Los griegos lo comprendieron hace más de dos mil años. Temístocles entendió que el destino de Atenas dependía de su dominio del mar. Siglos después, el almirante norteamericano Alfred Thayer Mahan explicó esta misma realidad al afirmar que el poder marítimo es uno de los grandes factores que determinan la prosperidad y la influencia de las naciones.
La historia de las grandes talasocracias —desde Atenas hasta Venecia y el Imperio Británico— confirma esa verdad: las naciones que comprendieron el valor estratégico del mar prosperaron; las que lo ignoraron quedaron relegadas.
Panamá, que une dos océanos y sirve de paso a una parte esencial del comercio marítimo mundial, forma parte de esa misma lógica histórica.
La conciencia marítima no es otra cosa que comprender que el destino de Panamá está ligado al mar y a las rutas que cruzan nuestros océanos.
Nuestro canal no es solamente una obra de ingeniería extraordinaria ni un activo económico nacional. Es también una responsabilidad internacional.
Por esa razón, cuando el canal fue transferido a manos panameñas, se estableció el principio de su neutralidad permanente, consagrado en el tratado firmado en 1977 entre Jimmy Carter y Omar Torrijos, y posteriormente respaldado por decenas de países.
Ese tratado no es un simple documento diplomático. Es un compromiso internacional para garantizar que el canal permanezca abierto al servicio de todas las naciones, incluso en tiempos de conflicto.
Sin embargo, los acontecimientos del mundo nos obligan a reflexionar con serenidad y realismo.
Panamá no puede seguir pensando que las grandes crisis internacionales ocurren lejos de nuestras costas. Cuando una nación custodia uno de los grandes caminos del comercio mundial, inevitablemente se convierte también en parte del tablero estratégico global.
Por ello, sería prudente que Panamá dé un paso diplomático que esté a la altura de su responsabilidad histórica.
Nuestro país debería convocar en Panamá una conferencia internacional de las naciones firmantes del Tratado de Neutralidad del Canal, con el propósito de reflexionar sobre la seguridad de las grandes rutas marítimas y reafirmar el compromiso de la comunidad internacional con la neutralidad permanente del canal y la libre navegación.
Panamá cuenta hoy con la infraestructura y la autoridad moral para hacerlo. Nuestro moderno centro de convenciones tiene la capacidad suficiente para recibir a los representantes de todos los países que han respaldado este acuerdo histórico.
Una reunión de esta naturaleza no sería un simple acto protocolar.
Sería una señal clara al mundo de que las naciones que dependen del comercio marítimo están dispuestas a preservar abiertos los grandes caminos oceánicos que sostienen la estabilidad económica del planeta.
Los que hemos visto un canal convertido en campo de batalla sabemos que el mundo siempre cree que esas tragedias ocurren lejos… hasta que ocurren.
Hay naciones que ocupan un territorio. Panamá ocupa un destino.
El autor es exdirector de La Prensa

