“Consideré la corona que Napoleón se puso en la cabeza como una reliquia lamentable y obsoleta. Para mí, su grandeza estaba en su aclamación universal y en el interés que su persona podía inspirar. Confieso que todo esto solo sirvió para recordarme la esclavitud de mi propio país y la gloria que correspondería a quien lo liberara. Pero estaba lejos de imaginar que yo sería ese hombre”.
Así se refirió Simón Bolívar a Napoleón, luego de haber estado en París aquel 2 de diciembre de 1804, cuando Napoleón se coronó emperador de Francia en la Catedral de Notre Dame. Es la diferencia entre un libertador y un colonizador: uno rescata, mientras el otro somete. Aunque ambos sucumbirían frente a la ambición desmedida de muchos a su alrededor y ante su propia gloria.
Dramática, sangrienta, viva: así fue la vida de Bolívar, que, al empezar a conocerla en serio, asusta. Algunas biografías atenúan al líder frente al hombre cruel y atroz. Su ambiente de guerra fue más que eso: literalmente una carnicería donde, además, tuvo que enfrentar una guerra civil alimentada por el resentimiento del pobre, el mestizo, el indígena y el negro, desde su altiva condición de criollo plutócrata. Fue el mismo que masacró a españoles rendidos, prisioneros y ya subyugados, mientras coqueteaba de manera innegable con los dos grandes imperios, Gran Bretaña y Estados Unidos, para que apoyaran su causa liberadora.
Tuvo que enfrentar lo que algunos llamaron las “Legiones del Infierno”. Una masacre humana de hombres, mujeres y niños que recuerda cómo algunos, todavía hoy, critican que los panameños se independizaran dos veces sin disparar un solo tiro. Porque lo que Bolívar dedicó a los realistas fue su “Guerra a Muerte”.
Hago referencia también a El delirio del Chimborazo, pensamiento que algunas biografías sobre el Libertador ni siquiera mencionan. Homónimo de ese enorme e imponente —aunque extinto— volcán ecuatoriano. Sin embargo, la impactante e intensa personalidad de Simón Bolívar, unida a su inteligencia y a su mente estudiosa de las grandes obras de la literatura universal, no me deja la menor duda de que pudo haberlo escrito. Aunque su autoría sea cuestionada por algunos, quienes hemos leído sobre el Libertador reconocemos en ese texto un reflejo fiel de su semblanza.
Es, sin duda, la imagen de un hombre poseído, egocéntrico, seguro de sí mismo, firme; alguien que, sin esas cualidades —no todas edificantes—, no habría logrado tanto por la libertad de América. El delirio del Chimborazo transmite el mensaje de un semidiós: “el padre de los siglos, el arcano de la fama y el secreto”, el hijo “de la eternidad”, que “domina la tierra con sus plantas” y alcanza “lo eterno con sus manos”.
Ese era Simón Bolívar. Y cuando, desde las entrañas de su inspiración, despierta la realidad del mortal ciudadano de la tierra libre, su prosa concluye resucitando al hombre real, el que regresa del delirio.
Resulta extremadamente desafiante salir en busca de Bolívar: del líder magnífico y figura fascinante, verdadero Libertador de América, el hombre que mayor territorio cabalgó en la historia humana. Todo un reto dibujar su alma, delinear su cuerpo o bosquejar su mente. Un ser imperfecto por ambicioso, ególatra y presuntuoso, que, ante lo noble y necesario de la causa, siempre supo que él sería el señalado para lograr la meta: liberar las Indias Occidentales del imperio español. Y para enfrentar a las huestes infernales de los realistas, no podía poseer un corazón; o, si lo tenía, era de acero, como el brillo de su espada y la montura imaginaria de su magnífico corcel.
El autor es abogado.

