Preocupado por las prolongadas y obligadas vacaciones de nuestros niños y jóvenes, especialmente de los estratos más populares, titulo este artículo parafraseando el conocido lema de algunos grupos que proclaman: “sin lucha no hay victoria”.
Ese grito, antes pertinente, ha perdido valor. Hoy se ha convertido en un argumento que, en la práctica, condena y sacrifica a los estudiantes de escuelas públicas, manteniéndolos en la ignorancia y profundizando la desigualdad social, es decir, agrandando la brecha entre la educación pública y la privada.
Panamá ha registrado uno de los crecimientos económicos más sostenidos de la región, pero con una de las peores distribuciones de la riqueza. Y es justamente la educación la herramienta fundamental para reducir esa inequidad. Cuando lo entendamos, comenzaremos a cerrar la otra gran brecha: la que deja la riqueza en manos de unos pocos.
Las luchas por la Caja de Seguro Social, la minería, los embalses, los altos costos de vida o las desigualdades económicas y sociales no deben librarse sacrificando a nuestros estudiantes. Ellos son quienes podrán, con preparación, ayudarnos a elegir mejores líderes y propiciar un país más atractivo para la inversión y el empleo de calidad.
Resulta paradójico que algunos gremios que critican—con razón—la inequidad social, sean los mismos que, al paralizar clases, condenan a nuestros niños a la pobreza por falta de educación de calidad.
Entendamos entonces que sin educación, no hay victoria.
Entre 2020 y 2025, la brecha entre educación pública y particular se ha ampliado. Nuestros estudiantes han perdido más de 500 días de clases, lo que los relega a una formación incompleta y los condena a ser trabajadores de segunda categoría.
Es urgente que docentes y dirigentes sindicales recapaciten. El derecho a protestar no puede ejercerse a costa del derecho a estudiar. Los paros forzados, en un sistema ya golpeado por currículos desfasados, infraestructura deficiente y escasa tecnología, solo ahondan la herida y restan competitividad a nuestros jóvenes en un mundo cada vez más exigente.
No podemos soslayar tampoco el alto grado de corrupción e impunidad que persiste. Un escándalo tapa al anterior, y los gobernantes parecen convencidos de que el poder otorga impunidad y riqueza instantánea. Es necesario educar con el ejemplo.
Los gobernantes no han querido ver que todas las grandes protestas recientes—la pandemia en 2020, el alza del combustible en 2022, la minería en 2023, la crisis de la CSS en 2024—tienen un denominador común: corrupción, impunidad, justicia parcializada y abandono del sistema educativo.
Queda claro que en Panamá, como en el resto del mundo, sin educación no hay victoria.
El autor es ciudadano.

