Si Albert Camus hubiera observado la rutina de cualquier trabajador panameño, probablemente no habría necesitado imaginar a Sísifo empujando una roca en una colina griega. Le habría bastado contemplar una parada de autobús al amanecer.
La piedra existe. No es una exageración retórica. Tiene la forma de un salario que debe rendir más de lo que objetivamente permite, de trámites reiterativos, de servicios que funcionan con intermitencia y de una percepción persistente: el esfuerzo individual no siempre se traduce en progreso proporcional. Se trabaja, se cumplen obligaciones, se pagan impuestos, se respetan normas; aun así, la movilidad social resulta lenta y, en ocasiones, incierta.
La comparación con Sísifo parece inmediata: empujar, avanzar, retroceder.
Sin embargo, conviene evitar el recurso simplista del victimismo. En El mito de Sísifo, Camus no presenta a un hombre derrotado, sino consciente. El absurdo no radica en el esfuerzo continuo, sino en la tensión entre la aspiración humana de sentido y un entorno que no garantiza coherencia ni justicia automática. La respuesta que propone el filósofo no es la resignación, sino la lucidez.
El panameño honesto no desconoce su contexto. Sabe que existen atajos. Sabe que determinadas redes de influencia pueden acelerar procesos que el mérito, por sí solo, tarda más en consolidar. Sabe que la informalidad puede generar beneficios inmediatos. Esa conciencia elimina cualquier ingenuidad. Y, aun así, decide no cruzar determinadas líneas.
Ahí se ubica el núcleo del argumento: en un entorno institucional imperfecto, la honestidad no es mera inercia moral, sino una decisión racional con implicaciones públicas. Es una forma de resistencia cívica que contribuye a sostener la confianza mínima que toda sociedad requiere para funcionar.
No obstante, sería un error idealizar el desgaste. La precariedad no ennoblece por sí misma. El sacrificio constante no constituye una virtud automática. Cuando el ascenso depende en exceso de conexiones personales, cuando la burocracia dificulta la eficiencia o cuando las reformas estructurales avanzan con lentitud, el problema no radica en la falta de esfuerzo individual, sino en el diseño de los incentivos institucionales.
Y los incentivos determinan conductas.
Un sistema que premia la improvisación por encima de la planificación, o la lealtad personal por encima de la competencia técnica, tenderá a reproducir esos patrones. No se trata de fatalismo ni de acusaciones abstractas, sino de una relación lógica entre reglas e incentivos. Si las normas formales no se aplican con consistencia, la previsibilidad disminuye y, con ella, la confianza colectiva.
En ese contexto, perseverar puede parecer ineficaz. Sin embargo, abandonar principios por conveniencia inmediata no corrige el problema estructural; lo profundiza. Cada vez que la norma se incumple bajo la premisa de que “nadie más la respeta”, se debilita un poco más el marco común. A la inversa, cada acto de coherencia contribuye —aunque sea de manera modesta— a sostener la arquitectura social.
Esto no implica conformismo. Implica distinguir entre dignidad y resignación.
La dignidad consiste en cumplir mientras se exige mejora; en respetar reglas mientras se cuestionan sus deficiencias; en participar críticamente sin erosionar aquello que se busca reformar. La resiliencia, en este sentido, no es soportarlo todo, sino adaptarse sin perder la coherencia personal.
Camus imaginó a Sísifo feliz porque su conciencia no podía serle arrebatada. La metáfora, trasladada al presente, admite una ampliación: la piedra no solo pesa; también revela la inclinación de la pendiente. El esfuerzo cotidiano permite identificar fallas estructurales que, de otro modo, permanecerían invisibles. El debate público, la exigencia ciudadana y las reformas graduales son mecanismos mediante los cuales la pendiente puede modificarse.
La cuestión central, entonces, no es por qué la piedra cae. La cuestión es cómo está diseñada la montaña.
Porque no todo esfuerzo es estéril; algunos esfuerzos constituyen cimientos invisibles.
Y aquí concluye la metáfora cómoda.
No somos Sísifo por destino.
Somos Sísifo por diseño institucional.
Y eso sí puede cambiarse.
La diferencia es sustancial. Una condena mitológica excluye la responsabilidad humana; un diseño institucional la presupone. Si la pendiente favorece sistemáticamente a determinados sectores, no se trata de una tragedia inevitable, sino de decisiones acumuladas. Y las decisiones pueden revisarse.
El ciudadano honesto no persevera por romanticismo, sino por comprensión: soltar la piedra no corrige la inclinación; únicamente acelera el deterioro común. No obstante, empujar no basta. También corresponde examinar quién diseñó la pendiente, bajo qué criterios y con qué mecanismos de corrección.
En esa deliberación crítica —no en la resignación— comienza la diferencia entre simple resistencia y verdadera ciudadanía.
La autora es profesora de filosofía.

