SUPERVISIÓN ESTATAL

Sobre los sistemas bancarios tradicionales y su futuro

Sobre los sistemas bancarios tradicionales y su futuro
Sobre los sistemas bancarios tradicionales y su futuro

He leído con gran atención el artículo de opinión “Futuro del sistema bancario tradicional”, en la edición del periódico La Prensa del miércoles 11 de octubre de 2017. Como quiera que, usualmente, los artículos de opinión proponen un mensaje o una idea, concluyo, quizás erradamente, que en este caso la propuesta aboga por una banca totalmente desregularizada, fundamentada exclusivamente en procesos y procedimientos tecnológicos, y con ausencia total de supervisión gubernamental de cualquier índole.

Desde mi ingreso a la banca el 2 de enero de 1962, al servicio de The Chase Manhattan Bank, hasta el 31 de marzo de 2016, cuando me retiré como director independiente de Banesco, S.A., he dedicado toda mi vida profesional a la banca. En el Chase, durante 38 años, atendí a productores, comerciantes, industriales, constructores, promotores, chicos, medianos, grandes, prestatarios, depositarios, nacionales, extranjeros, europeos, japoneses, todos los tipos de clientes imaginables. No solamente sentado en un pupitre; a caballo, en canoa, en avioneta, en helicóptero, y en todas las posiciones que se pueden dar en un banco; en la banca de personas, comercial y corporativa. Y finalmente, como vicepresidente y gerente general durante 11 años, entre 1989 y 2000. Mis colegas me distinguieron como presidente de la Asociación Bancaria de Panamá para el período 1993-1994.

Me tocó en dos ocasiones ser el regulador del sistema bancario. En 1983, después de la debacle del Banco de Ultramar, como secretario ejecutivo de la Comisión Bancaria Nacional, y en 2006-2009 como superintendente de bancos. Fui liquidador del Banco DISA, S.A. Participé en la confección del Decreto Ley 9 del 26 de febrero de 1998 que creó la Superintendencia de Bancos y en la revisión del mismo, que dio origen al Decreto Ejecutivo 52 del 30 de abril de 2008, la actual ley bancaria.

En los 54 años que he dedicado a la banca he aprendido una sola cosa de importancia: la primera regla que todo banquero debe aprender desde su cuna es, inequívocamente, que el dinero que maneja es ajeno.

Y debe repetirse todos los días cuando se levanta: “El dinero que manejo es ajeno”. El origen del dinero es milenario y el dinero no es otra cosa que un método de intercambio que la humanidad inventó desde sus orígenes para atender sus necesidades de comercio. Adquirió muchas formas: sal, granos, aceite de oliva.

En fin, aquello que, en el momento, tuviera valor.

“El dinero es ajeno”, pero no de uno, dos o tres individuos poderosos e ilustrados cuya posición económica les permite ciertas ventajas ante los bancos, sino de miles de inocentes ahorristas, miles. Ahorristas que están en franca desventaja en su relación con el banco y sus dueños, los accionistas. Los accionistas que han apostado al futuro del banco en forma del capital que arriesgan, conociendo todas las intimidades que los depositantes y otros acreedores desconocen. Y ese desconocimiento de los miles de pequeños ahorristas es lo que hace imprescindible aquello que algunos denominan “la nefasta intervención estatal”. El negocio bancario depende de la confianza del público.

Ello es de una legitimidad e importancia indiscutibles. Todo banquero debiera saberlo de memoria.

No le debe quedar ninguna duda de que es deber del Estado supervisar y regular las actividades bancarias, y de cualquier otro agente económico financiero que utilice fondos de la comunidad, con el fin de que estas actividades, cualesquiera que sean, donde quiera que sean, y en la forma que sean, no menoscaben el interés público.

La tecnología, especialmente la denominada Fintech, en buen castellano la abreviatura del inglés para tecnología financiera, igual que todos los otros nuevos canales digitales, móviles, alternos, etc., no son más que herramientas y solo herramientas. Y herramientas muy caras por razón de su continua y acelerada evolución y, por ende, obsolescencia.

Ciertamente, ayudan y es evidente el impacto que tienen sobre algunos segmentos claramente identificados que prefieren la conveniencia, rapidez, comodidad y novedad de estas aplicaciones tecnológicas. Pero hasta estos segmentos admiten que llega un momento en que no hay tecnología que reemplace al ser humano en la delicada tarea de interpretar las necesidades o aspiraciones de un cliente. Todavía no conozco a ningún cliente bancario que quiera cerrar una transacción con un robot.

El secreto del futuro del negocio bancario está en la aplicación equilibrada de esta inteligencia artificial con el contacto humano, a través del uso apropiado y discreto de inteligencia de mercado analítica predictiva. Perdí la cuenta de los años que llevo oyendo que el cheque va a desaparecer y que las sucursales van a desaparecer. Pero siempre será el contacto humano, la cordialidad, la civilidad, la confidencialidad, el respeto, el saber escuchar, el buen servicio, los procesos y procedimientos rápidos y sin errores, la entrega rápida; en fin, la satisfacción del cliente cuando salga del banco con una sonrisa en la boca después de que se le ha dicho que no, lo que marcará el futuro de los sistemas bancarios, cuando la tecnología que conocemos hoy haya evolucionado y obsolescido muchas veces, siempre bajo la necesaria, oportuna, pertinente, beligerante, sana, independiente y profesional regulación del ente supervisor del Estado.

El autor es banquero

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