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Soberanía en tiempos de poder: lo que deja la entrevista Petro–Trump

Entre confrontación y diálogo, una lección política para América Latina y para la propia Colombia.

Soberanía en tiempos de poder: lo que deja la entrevista Petro–Trump
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, es recibido a su llegada a Washington para su crucial reunión con su homólogo estadounidense, Donald Trump, quien lo recibirá el martes en la Casa Blanca con el objetivo de recomponer la relación bilateral deteriorada en el último año por ataques verbales mutuos. EFE/ Cancillería de Colombia.

La entrevista entre Gustavo Petro y Donald Trump, posterior al discurso del presidente colombiano en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y al cruce político que ambos protagonizaron, no es un episodio menor ni anecdótico. Es, en sí misma, una lección de poder para América Latina y, de manera particular, para la propia Colombia. Lejos de la improvisación o la contradicción, el gesto revela una comprensión madura de la política internacional: confrontar cuando es necesario y dialogar cuando es estratégico.

El presidente Petro habló en Naciones Unidas con un tono incómodo para Washington. Cuestionó el modelo económico dominante, denunció la hipocresía climática del Norte global y puso en entredicho la lógica punitiva de la guerra contra las drogas. No fue un discurso diplomático en el sentido tradicional; fue una toma de posición. Sin embargo, después de ese choque simbólico, Petro aceptó sentarse con Trump, una figura que encarna no solo a un sector de la política estadounidense, sino también a una concepción dura del poder imperial.

Ahí radica la enseñanza central: el diálogo no borra el conflicto, lo administra.

La entrevista Petro–Trump muestra que la soberanía en el siglo XXI no se ejerce desde el silencio ni desde la ruptura permanente, sino desde la capacidad de sostener una agenda propia incluso frente a interlocutores hostiles. Petro no fue a pedir perdón ni a suavizar su discurso; fue a dejar claro que Colombia tiene intereses, prioridades y límites. Eso redefine la relación bilateral: no como sumisión, pero tampoco como aislamiento estéril.

Para América Latina, la escena es profundamente pedagógica. En un contexto donde líderes como Javier Milei, en Argentina, o José Antonio Kast, en Chile, representan una derecha que confunde alineamiento con obediencia, la entrevista Petro–Trump introduce un contraste evidente. Mientras unos se ofrecen dócilmente al poder estadounidense, Petro demuestra que se puede hablar de igual a igual, aun desde una posición asimétrica, sin renunciar a la crítica ni a la dignidad política.

La lección también interpela a la izquierda regional. Durante décadas, buena parte de la izquierda latinoamericana ha oscilado entre dos extremos: la subordinación pragmática o la confrontación absoluta. Petro ensaya una tercera vía: una autonomía conflictiva. No renuncia a la memoria antiimperialista ni al desacuerdo estructural, pero entiende que gobernar implica disputar espacios reales de poder, incluso en terrenos adversos.

Para Colombia, el mensaje es todavía más profundo. Históricamente, la política exterior colombiana ha estado marcada por una relación casi automática de alineamiento con Estados Unidos, especialmente en materia de seguridad, narcotráfico y política regional. La entrevista con Trump rompe ese guion sin romper la relación. Petro muestra que Colombia puede dejar de ser un actor pasivo y convertirse en un interlocutor político, capaz de plantear desacuerdos sin provocar una crisis diplomática permanente.

Este giro no está exento de riesgos. Confrontar al poder hegemónico siempre tiene costos. Pero la alternativa —la obediencia silenciosa— tiene un costo mayor: la pérdida progresiva de soberanía y de capacidad de decisión. Petro parece haber entendido que, en un mundo multipolar e inestable, los países del Sur no pueden darse el lujo de ser previsibles ni dóciles.

La entrevista Petro–Trump no resuelve las tensiones entre Colombia y Estados Unidos, ni pretende hacerlo. Su valor está en otro lugar: normaliza la idea de que América Latina puede disentir y, aun así, sentarse a conversar y negociar. Que puede hablar con franqueza sin desaparecer del tablero. Que puede gobernar sin pedir permiso para pensar distinto.

En tiempos de sumisiones explícitas y de radicalismos estériles, esa escena deja una enseñanza incómoda pero necesaria: la soberanía no se proclama; se ejerce. Y hoy, ejercerla implica saber cuándo confrontar, cuándo dialogar y, sobre todo, no arrodillarse en ninguno de los dos momentos.

El autor es especialista en ciencias sociales.


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