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Soberbia institucional y captura del Estado

Soberbia institucional y captura del Estado
Busto a Justo Arosemena en la Asamblea Nacional. LP/Anel Asprilla

El conflicto de interés, los egos desmedidos y la falta de humildad ayudan a explicar muchas fallas éticas en la función pública, la academia y las organizaciones. El conflicto de interés es, ante todo, un riesgo institucional: aparece cuando un interés privado puede influir indebidamente en el ejercicio de una función pública o profesional. No implica necesariamente una conducta ilícita, pero sí amenaza la imparcialidad y la confianza pública.

Cuando se combina con egos inflados y ausencia de autocrítica, ese riesgo tiende a materializarse con mayor facilidad. El ego profesional distorsiona la percepción del deber. Quien se considera indispensable o incuestionable suele justificar decisiones que protegen su influencia, prestigio o círculo cercano. La falta de humildad reduce la disposición a aceptar controles, normas y límites externos.

Así, el conflicto de interés puede pasar de simple advertencia a desviación de poder: favorecer a allegados, aceptar beneficios indebidos o manipular información. La integridad se erosiona no solo por fallas jurídicas, sino también por dinámicas humanas que afectan especialmente a quienes ejercen autoridad. Este fenómeno se agrava cuando muchos cargos de alto nivel se asignan de forma discrecional, sin concurso público ni evaluación meritocrática rigurosa.

En esos casos, la legitimidad del funcionario depende más de la confianza política del nominador que de un proceso transparente. Algunos dejan de verse principalmente como servidores públicos y se perciben como representantes de un padrino político.

Esa dependencia vertical puede explicar reacciones de molestia o agresividad ante comparecencias legislativas, donde el control político se interpreta como ataque personal y no como un mecanismo republicano de rendición de cuentas. Estas reacciones revelan fragilidad institucional. Quien llega al cargo por lealtad política puede sentirse más vulnerable ante el escrutinio. El ego se vuelve defensivo “¿quiénes son ustedes para cuestionarme?” y la falta de humildad bloquea el diálogo.

En vez de defender decisiones con argumentos técnicos, se defiende una lealtad personal. En este contexto, el conflicto de interés deja de ser un riesgo aislado y puede convertirse en un patrón de funcionamiento: la autoridad responde más al nominador que al interés general, y todo control externo se percibe como amenaza. Este comportamiento no surge en el vacío. Responde a una cultura política clientelar, aún presente en Panamá y en buena parte de América Latina, que tiende a privilegiar la lealtad sobre la competencia técnica. La ciudadanía percibe entonces que el Estado se convierte, en algunos ámbitos, en botín de grupos de poder, lo que erosiona la legitimidad democrática.

La incomodidad ante el escrutinio legislativo también muestra un debilitamiento del control democrático. La función fiscalizadora de la Asamblea se resiente cuando los comparecientes no reconocen plenamente su legitimidad o la confunden con un ataque personal. Esto empobrece el debate público y debilita los pesos y contrapesos republicanos.

A ello se suma la percepción de impunidad. Cuando las autoridades advierten que las consecuencias por obstruir el control o incurrir en faltas éticas son débiles o inexistentes, se refuerza la sensación de inmunidad. Esa impunidad alimenta la soberbia y normaliza conductas que deberían ser excepcionales. Todo esto afecta directamente la confianza pública. Cuando la ciudadanía observa autoridades irritadas, evasivas o altaneras ante las comisiones legislativas, entrevistas, foros públicos o ruedas de prensa, concluye que el Estado no siempre actúa en función del interés general. Esa pérdida de confianza es especialmente dañina porque debilita la cohesión social y la credibilidad del sistema democrático.

En este punto resulta útil la reflexión de Adela Cortina, quien en La ética de la sociedad civil sostiene que la ética pública exige virtudes cívicas orientadas al bien común, no solo a intereses particulares. La humildad, entendida como capacidad de aceptar límites y someterse al escrutinio, es una de esas virtudes esenciales. En la misma línea, Manuel Villoria, en Ética pública y buen gobierno, muestra cómo la discrecionalidad excesiva y la falta de sanciones efectivas generan culturas de impunidad, fomentan comportamientos arrogantes y deterioran la confianza ciudadana.

Ante este panorama, es necesario impulsar reformas que fortalezcan la integridad pública: concursos obligatorios para cargos clave, profesionalización de la carrera administrativa, declaraciones de intereses vinculantes y exigibles, protocolos claros de comparecencia y sanciones efectivas por obstrucción al control político. Estas medidas no solo corrigen prácticas; también ayudan a transformar culturas organizacionales y reducen el espacio para el ego y los conflictos de interés. Cuando una autoridad accede al cargo principalmente por designación discrecional, su legitimidad es más frágil ante cualquier cuestionamiento.

En lugar de un debate de ideas, puede surgir una confrontación de egos. Una comparecencia debería servir para explicar decisiones, justificarlas técnicamente y rendir cuentas. Cuando cada pregunta se interpreta como agresión personal, se reproduce un círculo vicioso que erosiona la institucionalidad y evidencia déficits en la cultura democrática. En última instancia, la integridad pública no depende solo de normas jurídicas.

Requiere también virtudes personales y estructuras institucionales que premien el mérito, la responsabilidad y la transparencia. Analizar conjuntamente el conflicto de interés, los egos, las designaciones discrecionales, el clientelismo, la impunidad y el control democrático permite entender por qué las leyes, por sí solas, no bastan. La calidad de la democracia depende en gran medida de la cultura institucional y de los mecanismos de acceso al poder.

El autor es abogado, investigador y doctor en Derecho.


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