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Sobre la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos

El 4 de diciembre del año pasado, la administración de Estados Unidos publicó su nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN). No es solo una actualización doctrinal: es una ruptura explícita con la forma en que Washington se pensó a sí mismo desde la posguerra mundial.

Se trata de una estrategia profundamente marcada por el nuevo ethos político imperante en Washington, donde el interés nacional se define de forma estrecha y jerárquica, y donde la cooperación internacional deja de ser un bien en sí mismo para convertirse en una herramienta de uso opcional.

Un rasgo llamativo es lo que no está o apenas se menciona: el orden mundial basado en reglas y el derecho internacional. El mensaje es inequívoco: el mundo no se organiza en torno a normas compartidas, sino al peso relativo de los actores. El orden internacional, se infiere del texto, descansa en la ley del más grande, más rico y más fuerte. Implícitamente, Washington, Moscú y Pekín pertenecen a un club exclusivo de potencias dominantes, mientras que el resto queda relegado a reaccionar antes que a decidir.

Este giro no surge en el vacío. El mundo en el que se elaboró la estrategia anterior, en 2022, ya no existe. En Estados Unidos hay una desconfianza generalizada y creciente contra la globalización, las alianzas internacionales tradicionales y la tecnocracia meritocrática que sustentaba intelectualmente aquel orden; Rusia inició una guerra de agresión contra Ucrania sin que Estados Unidos pudiera impedirla primero ni pacificarla después; China sigue avanzando como competidor económico y tecnológico. La ESN no intenta ocultar esta crisis de confianza: la asume y la convierte en doctrina.

Paradójicamente, el documento enfatiza con fuerza la política económica como base del poder nacional: músculo industrial, supremacía tecnológica y capacidad militar. Incluso para quienes rechazan el uso indiscriminado de aranceles, hay una lógica reconocible: sin base productiva, no hay poder estratégico. La estrategia también reivindica la resolución pacífica de conflictos, destacando el rol personal que juega el presidente. No se trata de un mundo de valores compartidos, sino de intereses compartidos, si los hay.

Este enfoque redefine la relación con aliados y socios. La crítica a las instituciones multilaterales se normaliza y la definición de los intereses estadounidenses se estrecha. Resulta difícil imaginar un retorno al marco de liderazgo global, al eje democracia versus autocracia o a una confrontación ideológica sistemática con China y Rusia. El poder estadounidense seguirá siendo decisivo, pero se ejercerá en asuntos esenciales con mayor realismo económico y una conciencia más clara de sus límites.

Las omisiones sobre Rusia y China son tan reveladoras como sus menciones. China aparece solo de forma tangencial; Rusia, casi exclusivamente desde una óptica europea. Se omite la responsabilidad rusa en la agresión contra Ucrania y se critica a los europeos por supuestamente sabotear la paz, al tiempo que se propone restablecer la estabilidad estratégica con Moscú. En el caso de China, el lenguaje sobre Taiwán es cuidadosamente ambiguo, reflejo de una disuasión calculada más que de compromisos explícitos.

Europa recibe un tratamiento singularmente ideológico. Por momentos, la ESN pareciera presentar a la Unión Europea como un modelo equivocado de civilización occidental: se denuncian sus políticas migratorias, su regulación transnacional y sus supuestos regímenes de censura. El mensaje es claro: la alianza transatlántica depende menos de amenazas externas que de una reconfiguración interna de Europa alineada con las prioridades de la nueva derecha estadounidense, junto con una asunción plena de la carga defensiva por parte de los europeos.

Para América Latina, el giro es aún más significativo. La ESN introduce lo que se ha llamado el corolario Trump a la Doctrina Monroe, que es la resurrección del corolario Roosevelt, con lo que se nos lleva de vuelta a James Monroe en 1823 y a Teodoro Roosevelt en 1904, respectivamente. El continente americano, quizás por primera vez desde Franklin Delano Roosevelt y su Política del Buen Vecino (1933-48), es elevado a prioridad, aun por encima del Indo-Pacífico. China no es nombrada directamente, pero el objetivo es evidente: expulsar a competidores no hemisféricos. La región deja de ser periferia pasiva para convertirse en espacio estratégico a disciplinar.

Los países de la región —y en particular Panamá— adquieren un nuevo peso instrumental. El Canal, la logística, la conectividad y la estabilidad institucional convierten al país en activo estratégico; también en objeto de presión. Regresamos al centro del tablero. El mayor reto que esto conlleva es evitar que disminuya nuestra capacidad de maniobra y de toma de decisiones independientes.

Vista desde el Istmo, en balance, la ESN no anuncia un mundo más seguro ni más cooperativo. Anuncia, más bien, un orden áspero, gobernado por la primacía del poder desnudo, donde los valores universales ceden ante la fuerza económica y, sobre todo, militar, ejercida sin ambages. Para América Latina, el desafío es actuar con lucidez para preservar nuestra autonomía, defender nuestras necesidades e intereses, avanzar nuestros valores y evitar que la región vuelva a ser tratada como objeto y no como sujeto de la historia.

Alfredo Castillero Hoyos es investigador del CIEPS.


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