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Socialistas, somos todos

Socialistas, somos todos

Suele ocurrir que, cuando se pregunta a las personas sobre su posición ideológica o política, una parte se inclina hacia la derecha, mientras otra, algo menor, se declara abiertamente socialista o colectivista. Lo curioso es que muchos de los que se identifican con la derecha lo hacen solo como una reacción —como un antisocialismo— más que por una convicción liberal o individualista. En América Latina esto es particularmente evidente: la izquierda marxista ha dejado un rastro de ruina, corrupción y autoritarismo allí donde ha gobernado. Y así, el rechazo a esos regímenes suele llevar a muchos a declararse “de derecha”, sin comprender del todo lo que eso implica.

Cada intento de socialismo, sin importar su disfraz, termina en una u otra forma de autoritarismo. Es la consecuencia inevitable del colectivismo: toda ideología que subordine al individuo al grupo, que niegue la propiedad o la libertad en nombre del “bien común”, desemboca en persecución y control. No hay excepciones. Por eso, aunque muchos se identifiquen con la derecha, la pregunta más importante no es qué rechazan, sino qué entienden por derecha.

Si concebimos a la izquierda como la ideología que usa la coacción y la fuerza del Estado para imponer su visión del mundo, deberíamos entender a la derecha —en su sentido clásico y liberal— como aquella que defiende la libertad individual: la de expresarse, de asociarse, de producir y de disponer de lo propio.

Sin embargo, incluso quienes dicen defender estas ideas suelen actuar de manera contraria. Décadas de educación estatista, de discursos políticos y de una cultura impregnada de paternalismo han condicionado nuestras mentes hacia el colectivismo, aunque no queramos admitirlo.

Un ejemplo claro son los millones de venezolanos que huyeron del socialismo chavista. Muchos de ellos aborrecen al régimen, pero en su discurso cotidiano repiten las mismas ideas que los llevaron a huir: creen que el Estado debe resolverlo todo, garantizar empleos, controlar precios, ofrecer salud y educación “gratuitas”, castigar a los ricos o decidir por ellos dónde y cómo vivir.

Creen que los deseos se convierten en derechos simplemente porque alguien los proclama, y que esos “derechos” deben ser pagados por otros, sin cuestionar quiénes son esos otros ni qué consecuencias tiene ese modelo.

Así, se defiende la educación pública, aunque no eduque; la salud estatal, aunque no sane; el control de precios, aunque destruya la producción; o los subsidios que eternizan la dependencia. Se exige que el gobierno determine el precio “justo”, que construya viviendas, que el agua y la luz sean “gratis” porque son derechos humanos. Pero ¿dónde queda la libertad en todo eso?

Quien defiende la libertad no puede, al mismo tiempo, pedir que el Estado decida por él. Quien dice creer en la propiedad privada no puede exigir que el gobierno le quite a unos para darle a otros.

Esa contradicción revela una verdad incómoda: muchos de los que se creen de derecha siguen pensando como socialistas. Son hijos de una cultura colectivista, aunque se perciban de derecha.

Por eso, antes de declararnos “de derecha”, deberíamos preguntarnos si realmente creemos en la libertad o solo en una versión edulcorada del mismo socialismo que decimos detestar. Porque, al final, el socialismo no empieza cuando se estatizan las empresas, sino cuando se estatiza la mente.

El autor es miembro de la Fundación Libertad.


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