MIGRANTES

No es solo Panamá

No es solo Panamá
No es solo Panamá

La conversación sobre la migración es global. Ni siquiera un pequeño país de Centroamérica puede librarse de ella.

Vemos un México temeroso por formar parte del camino que siguen caravanas de cientos de personas. Un Estados Unidos con niños y padres en jaulas y albergues en cuestionables condiciones. Una Unión Europea que aún discute a quién le toca abrir sus fronteras esta vez.

Sin embargo, esta es indudablemente una conversación osada para un país que logró su auge económico cuando en 1970, usó el truco de todos los países en desarrollo: Llamar a la inversión directa extranjera. Un país que volteó sus esfuerzos a establecer una estrategia para el desarrollo nacional, y convertirse en lo que es hoy. El mismo que se afectó tanto cuando un escándalo mundial le explotó justo en la puerta de su casa. Afectaciones aún inmensurables y de las que muy poco se habla aquí, pero se habla mucho afuera.

Que vengan los ricos, no los pobres.

El panameño común no tiene la culpa de no entender la parte fundamental de todo este lío: el dinero. Desde un boleto de avión, abogados, impuestos migratorios, hasta el costo del carné de Mitradel, todo involucra un gasto que sería costoso hasta para nosotros. Nuestros actuales procesos de migración son no solamente caros, sino también largos, tediosos, confusos y llenos de la posibilidad de que el usuario sea multado. Una inversión de la que nadie se salva si quieres vivir aquí, y que, aunque la hagas, no te exime de la realidad - que entendemos la migración como la obligación de convertirse en un ser humano de segunda categoría. Un pensamiento gravemente egoísta que nos lleva a pedirle a las personas a que obedezcan a la suerte que les tocó, y que acá no queremos compartir. Pensando que aquellos que nacieron aquí tienen más derechos, y aquellos que vienen tienen que vivir con menos. Nos parece inconcebible la idea de que ocupen buenos empleos, o que trabajen en otra cosa que no sea en la industria de servicios, limpiando y en riesgo. Pero seguirán viniendo, porque nadie se queda en un lugar donde no quiere estar. A la necesidad no la vence el miedo.

Pero, ¿y lo demás?

“Las cosas están lentas”. Si, sin duda alguna. No sabemos a dónde se fue el dinero, ni qué paso con “el Dubái de las Américas”. Todos conocemos a dueños de negocios asustados, a profesionales con dos y tres diplomas que no encuentran un empleo, y ofertas de trabajo en las que, aun teniendo todas las calificaciones, ofrecen pagar solamente unos cuantos dólares más que el salario mínimo. El enfoque de ahuyentar a los extranjeros con reformas, deportaciones y controles, teniendo un proceso tan lleno de fallas, puede resultar en una aún mayor pérdida del flujo económico al que acostumbramos, y definitivamente cuesta menos que diseñar un plan para recuperar nuestra economía en declive. Un plan que aún nadie tiene.

La autora es abogada 

Edición Impresa

ENVÍOS POR EMAIL