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Sombras de resentimientos o saldos ideológicos

Cuando en Puerto de Palos los despidieron, hace 532 años, estos europeos, españoles, portugueses e italianos, eran hombres atrevidos, osados, ladrones, reclusos, vagos, pordioseros, perezosos, feos, en busca de riquezas, plata y oro. Después, resultaron curiosos, exploradores, descubridores, portadores de la Cruz y el bautismo, enseguida hombres blancos para crucificar y escupir, jinetes armados, armaduras sin óxido, conquistadores, asesinos, violadores, criminales, prófugos, mercaderes, ricos, ilustrados, avistadores y hasta con títulos nobiliarios. Ah, y portadores de sífilis, ya sea que la traían de Europa o la llevaban. Hoy, “ni siquiera descubrieron nada”, solo vinieron a expoliarnos, robarnos, hacernos de miserias e ignominias. Con ese aprendizaje, cómo no comprender la demagógica postura de un presidente mexicano exigiendo excusas al Rey de España, sobre un período de 300 años de lo que “sabemos poco y mal, o de plano nada”, como ha escrito muy bien la historiadora mexicana, Úrsula Camba Ludlow.

No importa si entraron antes y otros, por un estrecho pasadizo de de 82.7 kilómetros, Bering -entre Siberia y Alaska- sobre las estepas frías y solitarias del Asia oriental y Norteamérica, porque a pesar de todo y por todo, hubo un Nuevo Mundo, una Nueva España, otro continente descubierto, nos gustes o no. El poeta Andréi Platónov pudo haberlo visto cuando escribió: “La tierra dormía desnuda y brusca como una madre a quien se le hubiera caído a medias la manta”.

“El clima parecido, el paisaje ibérico, la riqueza del suelo y la densidad de la población” justificaron el nombre de Nueva España, que le diera Hernán Cortés, entre 1519-1520, “el gran apestado” de la historia mexicana y “el gran olvidado de la historia hispánica”, como sigue diciendo Camba. Entonces, Nueva España era un extenso territorio, que junto a Filipinas y el actual México, comprendía el sur estadounidense: California, Arizona, Nuevo México, Texas, Luisiana y Florida; hacia el sur del territorio mexicano: Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua; en el mar Caribe: Puerto Rico, Cuba, y La Española o República Dominicana.

Fue un descubrimiento durante un siglo extenso y extendido por las culturas de España y Portugal, nos dice Julio María Sanguinetti. Camino Rodríguez enfatiza que Cristóbal Colón y su hermano Bartolomé “desarrollaron una nueva ruta hacia Asia, que consistía en navegar hacia el oeste a través de lo que ellos creían que era el singular mar del océano, el océano Atlántico”. Lo cierto es que los Colón eran resilientes. En 1484, Juan II de Portugal, desechó la oferta de Cristóbal y Bartolomé, luego tocaron las puertas a los Reyes Católicos de España, quienes también la rechazaron por considerar inviable la ruta, volvieron a Portugal en 1488, cuando ya Juan II no tenía interés en encontrar una ruta occidental para el Asia, como lo señala Beatriz Camino Rodríguez. En 1492 volvieron a la corte española, pero, sin resultados, se fueron a Francia. Fue cuando Fernando el Católico, previendo perder la oportunidad para España, convence a la Reina para conversar con los Colón y terminan financiando la expedición, de alto contenido espiritual, aparte del militar y político.

Al entrar al archipiélago de las Bahamas, la primera isla que vio, la bautizó San Salvador. Era de madrugada el viernes 12 de octubre de 1492, y la isla era llamada por los indígenas, Guanahani. Después llegó a Cuba, Haití y República Dominicana. “A la primera isla que yo hallé puse nombre San Salvador a conmemoración de Su Alta Majestad, el cual, maravillosamente todo esto ha dado; los indios la llaman Guanahani; a la segunda puse nombre la isla de Santa María de Concepción; a la tercera Fernandina; a la cuarta, la Isabela; a la quinta la isla Juana, y así a cada una, nombre nuevo”, escribía Colón, anunciando el descubrimiento.

Reconocidos los nuevos territorios y sus potencialidades, surgieron los sentimientos de conquista, posesión y comercio, lo cual implicó asalto y culturalización. Sin embargo, en esas nuevas tierras las guerras no eran nuevas y los guerreros eran muchos, sino todos. Los pueblos indígenas no vivían en armonía, más bien eran víctimas de los más fuertes, los aztecas y los mayas, constructores de civilizaciones por su fortaleza bélica, no con textos ni lecturas. “No había nada idílico en Mesoamérica”, como menciona Camba Ludlow, antes de que llegaran los españoles. Ahora, el mestizaje brotó de la pasión de hombres nuevos y mujeres desnudas, no solo de la violencia, que seguro hubo como hoy todavía se unen cuerpos a punta de golpes y de fuerza. Resultó la piel más bella, color del cobre, y los ojos transparentes con el azul del cielo y el mar, como el último deseo del soldado de Cortés, que poetiza Pérez Reverte, para aquel momento postrero en Tenochtitlan, cuando sus ojos azules encuentran “los grandes y oscuros” de aquella india que dejó preñada, mientras era arrastrado casi cadáver, rendido a la muerte: “Ojalá, pensó, mi hijo tenga los ojos azules”. Pere Gimferrer, en una forma de profecía, lo acierta en el prólogo de Ojos azules: “nada será en adelante lo que fue, ni para los mexicanos ni para los que aportaron a la costa azteca desde el reino de Castilla”.

Mientras bien recuerda el refrán árabe, “nadie puede saltar fuera de su sombra”, el expresidente Julio María Sanguinetti lo trae al tapete con la desafortunada y demagógica decisión del presidente mexicano de excluir al rey de España de la transmisión de mando presidencial. Puntualiza Sanguinetti que tal decisión reviste “complejos e ignorancias históricas”. Esa es la sombra de López Obrador, la de los complejos y resentimientos, donde también se guarnece su flamante sucesora. Y pregunta Sanguinetti: “¿Qué pueblo no es hijo de poblamientos superpuestos, de invasiones, de procesos sincréticos, de asimilaciones culturales?”, para inmediatamente responder: “La propia España conquistadora, que registra en su pasado a cazadores paleolíticos que nos dejaron el legado imprescriptible del arte de sus cuevas, vio luego llegar a indoeuropeos como los celtas, que se expandían por Europa, desde la hoy Escocia hasta Polonia, a los vascos y a un heterogéneo mosaico que incluye los bárbaros visigodos y los refinadísimos árabes que manejaban el agua para cultivar y legaron los tesoros de la Alhambra. Todo eso fue ocurriendo a lo largo de siglos, en un proceso las más de las veces dramático, cuya amalgama mayor ha sido la creación del idioma español. Sí, el idioma español. El de la poesía barroca americana de Sor Juana Inés de la Cruz. O el de los pensadores mexicanos-latinoamericanos-occidentales como Octavio Paz o Carlos Fuentes, que no pedían perder por escribir en castellano, sino que lo enriquecían exaltando la cultura mestiza, caudaloso rio que no renuncia a ningún afluente”.

El autor es médico


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