En el libro VII de La República, Platón presenta la alegoría de la caverna: seres humanos encadenados desde la infancia observan sombras proyectadas en una pared y creen que esa es la realidad. Uno de ellos logra liberarse, sale al exterior y descubre que aquello que consideraba verdadero no era más que una representación parcial. Cuando regresa para contarlo, no le creen; la comodidad de la sombra suele resultar más convincente que la incomodidad de la luz.
La metáfora no alude únicamente a la ignorancia; también señala la fuerza de la costumbre y la resistencia al examen crítico. Aplicada a Panamá, la pregunta no es ofensiva, sino filosófica: ¿nuestra identidad nacional es una construcción reflexiva o una repetición de imágenes heredadas?
Panamá posee una singularidad histórica y geográfica innegable. El Canal de Panamá convirtió al país en punto estratégico del comercio mundial. Ese hecho es verificable y relevante. Sin embargo, transformar una ventaja geográfica en definición absoluta de identidad puede resultar reductivo. Ser puente no equivale automáticamente a comprender quiénes somos como sociedad.
En ciertos discursos públicos se tiende a equiparar crecimiento económico con desarrollo integral. Las cifras macroeconómicas pueden ser positivas; eso es medible. No obstante, el crecimiento no resuelve por sí solo la desigualdad, ni sustituye la calidad educativa, ni garantiza cultura cívica. Confundir indicadores económicos con plenitud institucional sería como tomar la sombra por el objeto real: tranquiliza, pero simplifica.
La identidad nacional no se consolida únicamente mediante símbolos, fechas patrias o relatos repetidos; se fortalece cuando existe coherencia entre valores proclamados y prácticas cotidianas. Si afirmamos que somos resilientes, conviene preguntarnos: ¿resilientes frente a qué y con qué herramientas? Si sostenemos que somos modernos, ¿hablamos de infraestructura o también de pensamiento crítico? La modernidad arquitectónica es visible; la modernidad intelectual, en cambio, requiere cultivo constante.
En este punto, la educación desempeña un papel central. Una formación que promueva análisis, argumentación y deliberación permite distinguir entre opinión y evidencia, entre entusiasmo y razonamiento. Sin ese ejercicio, el debate público corre el riesgo de transformarse en eco de consignas. Y las consignas, aunque cómodas, suelen ser sombras bien proyectadas.
No se trata de negar los avances alcanzados ni de adoptar una visión pesimista. Sería igualmente reduccionista afirmar que todo es ilusión. Panamá ha demostrado capacidad de gestión y adaptación histórica. Pero la autocomplacencia es una caverna particularmente elegante: tiene iluminación adecuada y estadísticas bien presentadas. Salir de ella exige algo más complejo que indignación; exige pensamiento estructurado.
La identidad, en última instancia, no es un eslogan, sino una práctica colectiva. Implica revisar nuestras instituciones, fortalecer la ética pública y asumir que el tamaño del país no determina la calidad de su deliberación democrática. Las naciones pequeñas pueden ejercer influencia significativa cuando consolidan su capital humano y su cultura política.
Entonces, ¿somos identidad o solo sombras patrias? Probablemente somos una combinación dinámica de ambas. Toda sociedad posee mitos fundacionales y representaciones simbólicas; eso es inevitable. La diferencia radica en si los examinamos críticamente o los repetimos sin reflexión. Salir de la caverna no significa despreciar nuestra historia, sino comprenderla con mayor profundidad.
La luz no elimina las sombras; simplemente permite reconocerlas. Tal vez el verdadero acto de identidad nacional no consista en proclamarnos excepcionales, sino en atrevernos a pensar con mayor claridad quiénes somos y quiénes queremos llegar a ser. Porque, al final, la autoconciencia colectiva es menos ruidosa que la propaganda, pero infinitamente más transformadora.
La autora es profesora de filosofía.
