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Soñar no cuesta nada… el problema es despertar

Soñar no cuesta nada… el problema es despertar
Sueños de millonario

Yo compro lotería todas las semanas con una disciplina que ya quisiera el gimnasio. Llueva, truene o haya quincena flaca, ahí estoy: mis cinco billetes del mismo número, bien doblados, bien guardados y cargados de esperanza. Porque uno no puede ser irresponsable con los sueños.

El vendedor ya me conoce. Ni me pregunta. Me ve llegar y empieza a cortar el billete como carnicero experto. Estoy seguro de que, cuando no voy, se preocupa. Algo así como: “¿Estará bien? ¿Se habrá ganado el premio y se olvidó de mí?”. Spoiler: nunca pasa.

Desde el momento en que compro el billete, dejo de ser una persona normal y paso a ser un multimillonario en proceso. Camino distinto. Pienso distinto. Hasta gasto distinto… mentalmente. Porque físicamente sigo contando monedas para el pasaje.

Esa noche comienza la repartición oficial de una plata que no existe. Pago todas mis deudas, incluso algunas que ya pagué, pero que vuelven en forma de trauma. Luego compro casa. No una casa exagerada, no. Algo modesto: cinco cuartos, piscina, terraza, jardín, estacionamiento para cuando me compre tres carros y un perro que combine con la fachada.

Después vienen los viajes. Ahí sí me desato. Viajo como rico nuevo: sin mirar precios, sin horarios, sin culpa. Invito gente. Amigos, familiares, vecinos y uno que otro conocido que nunca me cayó bien, pero que con plata uno perdona. Porque el dinero no cambia a la gente… solo la vuelve más tolerante.

También planeo ayudar. Porque yo sería un ganador responsable. Nada de derroche. Yo donaría, apoyaría causas, ayudaría al necesitado… siempre y cuando no interfiera con mi viaje número tres a Europa.

Llega el día del sorteo y me pongo serio. Este no es un juego, es un proyecto de vida. Reviso los números con una calma falsa. El primer número no está. El segundo tampoco. En el tercero empiezo a sospechar. En el cuarto ya estoy negociando con la realidad: “Bueno, no todo tiene que salir perfecto”. Al final, nada. Absolutamente nada. Ni para el café.

Pierdo con elegancia. Guardo el billete como quien archiva una ilusión más y me digo lo mismo de siempre: “No pasa nada, esto es constancia”. Porque si algo tengo claro es que la lotería no premia al que juega una vez, sino al que insiste… eternamente.

Y así pasan las semanas. No he ganado un centavo, pero he vivido mil vidas. He sido rico más veces que pobre, aunque solo en mi cabeza. He tomado champaña imaginaria, he manejado carros que no sé ni pronunciar y he invitado gente que en la vida real ni me contesta los mensajes.

Al final, la lotería no me ha dado dinero, pero me ha dado algo igual de poderoso: la ilusión semanal, ese momento glorioso en el que todo es posible… hasta que reviso los números.

Pero igual, la próxima semana vuelvo. Porque, como dice la sabia frase del pueblo —esa que justifica todos mis fracasos financieros—:“Soñar no cuesta nada”.

Lo caro es seguir comprando el billete.

El autor es ingeniero retirado.


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