Soy un empresario panameño, director de nuestra compañía familiar fundada en 1953 y el último de la tercera generación de socios, con la cuarta generación en total apogeo. En el año 2009, fui invitado a ser parte de la junta directiva del Banco Nacional de Panamá. Vi esta oportunidad como una vía de poder dar un servicio público al país que vio a mi padre, a mí y a mis hijos nacer.
Pensé que, teniendo buena preparación académica y bastante experiencia comercial, tenía algo que podía aportar a este llamado a servicio. No puedo más que decir que fue una experiencia muy halagadora y gratificante, y diría yo que hasta formativa. Por primera vez estaba sentado del lado del escritorio de la administración de una gran institución bancaria y no frente a él, como toda mi vida lo fue de cliente consumidor empresarial.
Sin embargo, no todo fue alegría. Al mes de mi nombramiento, bancos e instituciones financieras internacionales con las que nuestras empresas tenían largas relaciones comerciales, me llamaron para informarme que nuestro estatus como cliente A1A o de primera línea había sido degradado. Ahora, mi empresa familiar y yo éramos considerados un crédito de alto riesgo, ya que al ejercer la posición en la junta directiva del BNP me convertí en una persona políticamente expuesta (PEP, por sus siglas en inglés).
No soy y nunca he sido afín a ningún partido y tampoco tengo intereses políticos. Entonces, ¿por qué este castigo tan injusto? Aparentemente, estas son las reglas del juego, cosa que aprendí luego que tomé el cargo. Estas medidas severas implicaron muchas dificultades para nuestras empresas y mis finanzas personales, ya que toda institución bancaria o financiera me miraba de reojo y prefería mantener su distancia.
Aun terminado mi servicio en el BNP, mi estatus de PEP se mantuvo 7 años más. También a mi esposa e hijos, quienes se vieron afectados con las mismas medidas.
Mi preocupación como empresario y panameño es que, si el país necesita gente preparada, inteligente, con voluntad y honradez para salir del atolladero en el que se encuentra, ¿quién, en su sano juicio, va exponer todo lo trabajado y forjado en su buen pasado para que se le marchite su buen nombre durante un par de años de servicio público?
Mi experiencia personal me hace reflexionar en los posibles motivos de algunas personas que ejercen hoy posiciones gubernamentales. ¿Están preocupadas por su reputación? ¿Permanecen en dicha posición por compromiso al servicio público o porque perciben beneficios “extra”? ¿Cuántos panameños capaces y honrados han pasado por alto el servicio a la patria por miedo a vivir algo parecido a mi historia? Como país, ¿estamos pasando por alto capital humano preparado, capaz e idóneo, por no brindar seguridades básicas a estos miembros de la sociedad?

