Hablar de Stanley Heckadon Moreno es hablar de uno de los grandes antropólogos de Panamá. Miembro del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales y fundador del Laboratorio Marino de Punta Galeta, en Colón, ha desarrollado una trayectoria científica marcada por un profundo compromiso con la conservación. Sus investigaciones sobre comunidades costeras, biodiversidad y modos de vida tradicionales han dejado huella en la comprensión del patrimonio natural y cultural panameño. Su voz como defensor ambiental ha sido clave para visibilizar amenazas y promover acciones de protección.
Más allá de su faceta profesional, el Dr. Heckadon Moreno es un prolífico escritor: un narrador que recoge en sus textos historias de vida y personajes reales. Sus crónicas, llenas de matices y detalles, recuperan memorias que suelen permanecer invisibles en la historia oficial. En ellas se percibe la mirada de quien ha pasado largas jornadas en el terreno, escuchando, observando y registrando relatos que luego se convierten en testimonios valiosos sobre la vida cotidiana, las creencias y las transformaciones sociales.

He leído su más reciente obra, Cuentos a la vera del Río y la Mar, y aunque el título sugiere el género cuentístico, lo que el lector encuentra son verdaderas crónicas personales y colectivas. El autor narra sus vivencias y las de terceros durante su labor en diversas instituciones del Estado y en múltiples viajes a rincones apartados del país. Es un periplo que recoge historias, costumbres y voces que configuran un paisaje humano amplio y complejo. Por ello, resulta más apropiado considerarlo cronista popular que cuentista.
En sus páginas también se exalta la labor de los artistas que decoraban y pintaban los diablos rojos, nuestros antiguos metrobuses, en especial la figura de un gran maestro local, a quien el autor describe con admiración como el “Leonardo Da Vinci” de ese género popular: el gran Yoyó. Heckadon muestra cómo ese arte urbano no solo embellecía los vehículos, sino que representaba identidades, oficios y formas de resistencia cultural, y cómo su influencia inspiró a nuevas generaciones.

Asimismo, narra la bucería de perlas y los últimos hombres que se dedicaron a esa dura labor: cómo se preparaban, su metodología de trabajo, las jornadas extenuantes, los salarios y las condiciones de vida. Pero también describe las horas de ocio, la camaradería y las tradiciones que acompañaban esa actividad, devolviendo dignidad a oficios que tienden a desaparecer sin memoria.
Destaco especialmente la crónica de una campaña política local, en 1952, donde se refleja la política nacional a escala municipal. Con sobria ironía, Heckadon muestra cómo la conciencia electoral muchas veces parece estar a merced del clientelismo y de intereses particulares. Esa pieza resulta, lamentablemente, un espejo de realidades persistentes: la fragilidad de la participación informada y la facilidad con que se negocian apoyos frente a promesas inmediatas.
La obra de Stanley Heckadon es, en conjunto, un pasaje por la memoria individual y colectiva. Sus páginas describen paisajes y personajes con pasión y empatía, y rinden homenaje a los hombres y mujeres anónimos que han contribuido a construir Panamá desde sus orígenes más humildes. Es historia viva, escrita desde la experiencia de campo y la sensibilidad humana, que invita a valorar tanto el patrimonio natural como el cultural. Por todo ello, recomiendo ampliamente su lectura: es un libro que enseña, conmueve y obliga a pensar.
El autor es abogado.


