“Pasé [la escuela secundaria] sin aprender”, dijo Reynold Essor, un joven recién graduado de un colegio secundario de Brooklyn, Nueva York. Al leer su historia llena de frustraciones, ya que debía pagar cursos extras para poder superar sus debilidades académicas antes de matricularse en una universidad en las afueras de Nueva York, me conmovió el peso emocional y financiero que esto conlleva. Y si esta era la realidad de un estudiante en Estados Unidos, pensé en la propia situación de nuestra educación que, a pesar del alto presupuesto que se le asigna al Ministerio de Educación, sigue siendo deficiente. Tal vez el ejemplo del joven Essor nos trae a la mente que nuestros estudiantes pueden sentir la misma experiencia de querer abrirse paso en una carrera universitaria. La realidad es que estamos ignorando una gran verdad: tenemos un ente rector de la educación panameña con muchos recursos económicos que no se ven transformados en una mejor educación. Nuestras escuelas padecen de un sistema inoperante, incongruente y perverso.
En cuanto a la “inversión económica”, el Ministerio de Educación (Meduca) ha recibido, en el último quinquenio (2012-2016), aproximadamente $5,730 millones. ¿Qué se ha hecho con ese dinero en cinco años? Mínimo deberíamos tener estudiantes con grandes logros académicos, ya que las escuelas deberían de contar con los mejores docentes (con incremento salarial incluido) y excelentes instalaciones.
Sin embargo, no es así. Nuestras escuelas están deterioradas, faltan docentes, carecen de servicios básicos como el de agua potable y muchas otras necesidades. Así el panorama, ¿cómo no vamos a tener estudiantes frustrados con una educación a medias y un futuro incierto?
Tal parece que de nada sirve que se planifiquen nuevas escuelas si no se van a construir a tiempo ni van a ser equipadas debidamente. Ejemplos claros son la Escuela Benigno Tomás Argote en Boquete, Chiriquí, que se inauguró a inicios de este año con muchas expectativas. Pero solo era eso, la estructura sin mobiliario. Y también está el Colegio Pablo Emilio Corsen en David, Chiriquí. Una inversión que alcanza los 8 millones de dólares está a merced de la maleza, ya que los trabajos se suspendieron hace tres meses por falta de pagos a la empresa constructora y una larga lista de irregularidades.
Y qué decir de los docentes de las áreas de difícil acceso. Los peligros a los que ellos se exponen son numerosos. Han tenido que quedarse horas a esperar que baje el caudal de los ríos para poder cruzarlos o arriesgar sus vidas en una lancha para llegar a una isla. Estas situaciones no tienen explicación ni justificación posible. Ellos no ven esos miles de millones en las comarcas. No saben nada de presupuestos, sino de problemas y penurias diarias.
Y si así está la educación pública, la alternativa a optar por una educación particular se va pareciendo más a un sueño que a una posibilidad. Los elevados costos en matrícula, mensualidades, uniformes, y material didáctico van a forzar a muchos padres a cambiar a sus hijos a una escuela pública para el próximo año lectivo 2018. ¿Cómo va a hacer el Meduca para acoger la demanda de tantos estudiantes, estimada en miles, en las ya precarias escuelas públicas? Si no tienen escuelas, como el caso de la Escuela República de Venezuela, para los estudiantes ya matriculados, ¿qué alternativas hay?
Mientras tanto, y viendo el panorama antes descrito, no es de extrañar que los resultados de la primera prueba del Concurso de Excelencia Educativa (2016) dejen mucho que desear. Los puntajes más altos solo llegaron a la mitad de los 600 puntos requeridos en áreas como español, matemáticas y ciencias para estudiantes de sexto, noveno y duodécimo grado. Si esta evaluación es un vistazo de cómo estamos en nuestra educación premedia y media, no podemos desconocer que estamos ante una grave situación escolar.
Nuestro sistema educativo necesita de excelentes docentes que demuestren su capacidad en el aula de clases. Hay que eliminar los concursos amañados e influencias politiqueras en el Meduca. Hay que empezar por el docente, que es el que determina una educación de calidad. De nada sirve tener una escuela con todos sus recursos físicos sin el recurso vital de sus docentes. Sin lo más básico, solo veremos más estudiantes frustrados por haber recibido una educación deficiente y desconectada de la realidad económica y social del país. Y por supuesto, seguimos con la misma interrogante: ¿Están nuestros estudiantes pasando a otros grados sin aprender?
La autora es docente universitaria