La talla moral del Papa León XIV, junto a su coraje, no encontrarán satisfacción entre aquellos que se reparten las riquezas ajenas con crímenes de lesa humanidad. Tampoco entre aquellos que manchan sus manos con el asesinato de niños inocentes en guerras calculadas como quien mueve fichas en el tablero de ajedrez o juega con la bolsa para hacerse de millones. Mucho menos entre aquellos que condenan al príncipe heredero por aquel horrible asesinato y descuartizamiento del periodista saudí Jamal Khashoggi entre los lujos de oro y seda de su palacio, mientras se suman en el silencio frente a las mortíferas acciones contra periodistas de medios palestinos y árabes, asesinados en Gaza y en el sur de Líbano, cuando se dispara para llenar de sangre los maltrechos caminos que las bombas horadan.
En Ucrania se derrama sangre apuntando indiscriminadamente a las poblaciones para rendirlas por emaciación, como se hizo en Gaza un escudo de cadáveres y ruinas, como si hacerlos saltar al aire, hechos flecos humanos destrozados, fuera un argumento por la paz. Los odios y la codicia reinan y, mientras derraman sangre, les llenan sus manos. En Latinoamérica se asesinaron presidentes y estudiantes, se diezmó la juventud y los sueños por dignidad y libertad cuando salieron a las calles por las patrias mancilladas. Detrás y, no pocas veces visibles con propósitos de amedrentar, están los intereses económicos y las finanzas para la guerra del vecino de más al norte, mientras entierra en su país la ayuda higiénica y social de su población más abandonada.
“Las guerras que manchan el momento actual con sangre son el fruto de la idolatría al poder y al dinero”, ha dicho el Papa de los católicos, precisamente a “católicos” de cruz en el pecho y rosarios en las muñecas, talibanes del catolicismo de nombre, mientras, como ha dicho alguien más, “están a punto de lanzar su propia inquisición evangélica”. Usar el nombre de Jesús para justificar el atropello indigno a personas por el solo rastro en sus rostros, o pedir a los conciudadanos que doblen las rodillas y recen cada día para vencer en las guerras, solo cabe en el léxico profano de los extremistas, en los deseos y propósitos de dominación de quienes desconocen el catecismo católico y la vida de Jesús.
Mientras a la Luna se la observa desde órbitas insospechadas, hay algunos que le quieren hundir su bandera, como se la hunden a lejanos países por sus riquezas minerales o estratégicas y, no muy lejos, en nuestro continente. “Me basta con quedarme con el petróleo”, se puede decir cuando el propósito es hacerse más rico, lucir más oro y doblegar más mundo. “Cómo me gusta el Canal”, el chiste que usan para doblegar o para acariciar el espíritu de entre los nuestros, los que más riquezas quieren.
En la Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, el holocausto judío resucitó para hacer de las cenizas de incineradoras, los hornos para los crímenes de la humanidad, como los bautizara Hersh Lauterpacht, y de los genocidios, el vocablo que Rafael Lemkin hiciera nacer entonces. No han pasado ni 80 años de aquel 1 de octubre de 1946, y ya los líderes de los países grandes y poderosos se han olvidado de que hoy existe el mecanismo para ser juzgados por un tribunal internacional.
Quizás encuentren otro Walther Rauff que les aconseje, como hizo con Augusto Pinochet, sobre cómo escapar de las autoridades, cuando se encontraron “en el número 38 de la calle Londres, en Santiago”. “No por tontos y diminutos, menos malos”, diría Irene Solá.
La muerte, que nos acecha internamente, también nos acecha externamente, recuerda el Papa León XIV: “la vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles, en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva en todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante el hambre de lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.”
El autor es médico.


