Tenemos en Panamá dos realidades cotidianas que terminaremos por convertir en folclore patrio tarde o temprano: el tranque, del que no nos salva ni el Chapulín, y el sempiterno “no voy” de uno de los personajes urbanos más destacados que tenemos: el taxista.
Está el bullero de dudoso gusto musical, y el evangelista de emisora sermonera. O el callado, que parece que te lleva a un lote baldío con un hacha en el maletero, y está también el afable y conversador, que es el que a mí me gusta y con el que tomo el pulso a la actualidad, sobre todo política, preguntando esta vez quién va a ganar las elecciones.
Subí a un taxi limpio y con música de Basilio. Alabé el buen gusto y respondió confesando ser un hater del reguetón: “Ya no hay cantantes como los de antes”, y poco a poco llegamos a mi pregunta política. Miró por el retrovisor como quien mira a un cómplice y me dijo: “yo estoy haciendo una encuesta que es bastante fiable”.
El taxista pregunta en el trayecto a gente que sabe de política, “porque aquí todo mundo habla vainas y nadie sabe”, y con esas respuestas ya tiene un candidato ganador. Yo esperaba ser uno de los encuestados, pero el tipo seguía desgranando su verdad demoscópica en el retrovisor y sospechaba, a esas alturas, de mi cara de cuentero.
“Un independiente”, afirmó, y yo quería darle mi opinión, pero nada, el tipo me dijo que la próxima vez que venga voy a encontrar más ignorantes que los que dejo, “porque esta educación es una basura” y le iba a decir que soy escritor para que me encuestara, pero llegamos.
Mientras me daba el vuelto me dio saludos para el Real Madrid y me dijo que después del 5 de mayo este país no lo va a reconocer nadie, “para bien o para mal”, y yo no me atreví a quitarle la razón.
El autor es escritor