En diversos puntos del territorio panameño, las lluvias se han convertido en un fenómeno que evidencia la estrecha relación entre el agua, el espacio abierto y las comunidades. Si bien el agua es uno de los recursos más importantes para la vida y el desarrollo, su comportamiento durante eventos extremos puede transformarla en un factor de riesgo cuando interactúa con territorios vulnerables. Daños a viviendas y negocios, deslizamientos de tierra e inundaciones son algunas de las consecuencias que se observan durante la temporada lluviosa, afectando la seguridad y la estabilidad económica de la población.
Este escenario no es nuevo. Organismos internacionales señalan que más del 70% de los desastres naturales en América Latina están relacionados con eventos hidrometeorológicos, lo que demuestra la creciente relación entre el cambio climático y la gestión del territorio. En este sentido, surge una interrogante clave: ¿se está gestionando adecuadamente el territorio en función del comportamiento del agua, o seguimos interviniendo sin considerar su flujo natural? Esta pregunta revela un problema más profundo: un modelo de desarrollo que prioriza el crecimiento económico inmediato sobre la sostenibilidad del territorio.
Los espacios abiertos, conocidos como áreas naturales, cumplen un papel fundamental en la gestión del agua. Estas áreas facilitan la absorción, la conservación y el flujo natural del recurso hídrico. Sin embargo, cuando las lluvias superan ciertos niveles o estos espacios son alterados sin planificación adecuada, su capacidad de respuesta se ve limitada. La pérdida de cobertura vegetal, la ocupación de zonas de riesgo y las modificaciones en los cauces intensifican los efectos de las precipitaciones, lo que incrementa la huella ecológica y evidencia un claro analfabetismo ambiental en la intervención del territorio.
Los resultados son evidentes: comunidades vulnerables, daños en infraestructuras y deterioro ambiental. Esta situación también expone profundas desigualdades, ya que los sectores con menos recursos suelen ser los más afectados, evidenciando un problema de equidad social. Además, la falta de integración entre la planificación territorial y el flujo natural del agua limita las oportunidades de desarrollo comunitario sostenible, afectando tanto el bienestar social como el equilibrio ambiental.
Frente a este panorama, es necesario replantear la manera en que se entiende y se gestiona el territorio. La incorporación de estrategias basadas en la restauración de espacios abiertos, la protección de cuencas hidrográficas y una planificación sostenible puede contribuir a reducir los riesgos y fortalecer la resiliencia de las comunidades. Integrar el conocimiento técnico con la participación ciudadana facilita el avance hacia soluciones efectivas e inclusivas, capaces de responder a las dinámicas naturales del agua sin comprometer el desarrollo.
La crisis evidenciada no es solo consecuencia de los fenómenos naturales, sino del modelo con el que el ser humano ha intervenido el territorio. Reconocer el valor de los sistemas naturales y reducir la huella ecológica es clave para que el agua deje de ser una amenaza y se convierta en un factor de equilibrio ambiental y social.
La autora es arquitecta estructural y estudiante de la maestría en Paisajismo y Gestión Ambiental de la Universidad de Panamá.

