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CULTURA POLíTICA

‘La teta del Gobierno’

‘La teta del Gobierno’
‘La teta del Gobierno’

Llevo mucho tiempo sin opinar en La Prensa. Lo hacía regularmente hace años. Quería aportar mi grano de arena a las luchas en pro de la decencia política en nuestro país y del cuidado de nuestro ambiente. Un día paré. No le vi mayor sentido seguir batallando a favor de causas que seguían víctimas de la corrupción y pobremente defendidas por ciudadanos como yo, ingenuamente esperanzados en que nuestras palabras movilizarían lo inamovible.

La verdad del asunto es que, a pesar de nuestras quejas en el pasado y las de hoy, nuestros políticos siguen podridos y nuestro medio ambiente gravemente descuidado.

¿Qué hacer? ¿Qué hacemos? ¿Qué haces tú, ante este dilema, en que no avanza en el país lo que debe avanzar, y lo que marcha hacia adelante es lo que no debiera?

Aparte de sentirme asqueado y lleno de rabia cada vez que somos informados de la persistente corrupción que prevalece en nuestro país, siento la inutilidad de ese repudio, pues mi ira no aporta remedio alguno al problema de fondo.

La incontrovertible verdad es que la proclividad para la corrupción en nuestro país es un problema sistémico de la cultura... y el problema empeora. Eso es evidente en la poquísima confianza que le tenemos a las elecciones que realizaremos mañana. Ninguna de las nóminas que compiten por el poder público promete un cambio del rumbo hacia lo podrido, hacia donde se dirige nuestra nación.

Hoy día la democracia sufre de impotencia.

Sin efecto alguno vemos cómo los cambios de poder a través de la votación democrática no resuelven los problemas que más nos aquejan como pueblo.

El alcance de la corrupción en nuestra vida republicana es hondo y extenso. Todos somos propensos y susceptibles de optar por lo corrupto cuando nos conviene económica o socialmente. Qué tan vulnerables somos es cuestión de grados. El mal existe desde hace mucho en nuestro país como práctica de conducta. De adolescente escuchaba referencias a la “teta del Gobierno”, como ícono que describía el foco de la corrupción de nuestros políticos. Sigue siendo un atinado símbolo para el síndrome que todavía seduce a tantos de nuestros “servidores públicos”. Pegarse a los senos de nuestra tesorería a costa del resto de nosotros es una vocación inmoral que les viene demasiado fácil a quienes nos gobiernan y los que a sus faldas se aferran. Ninguna consecuencia firme sufren por ser los parásitos que son.

La cuestión política en Panamá va de mal en peor. Es evidente que el panameño con algún poder político a su alcance es susceptible al aroma de lo podrido. Lo fácil que es practicar el oficio de la corrupción en nuestro país es un problema que, francamente, yo no sé cómo resolver.

Lo único que sé, por experiencia propia, es que todos somos propensos a ser intoxicados por el aroma seductor de lo inmoral. En mi vida ciudadana, particularmente la de joven, tuve momentos de debilidad cuando confronté tentaciones de la corrupción y en algunas cedí.

Tuve la suerte de que durante el proceso de mi maduración intelectual pude también reformular mi sentido de moralidad cívica y comprometerme a la tarea de resistirme siempre a cualquier llamado de la “teta”, por más pequeña que luzca.

El autor es artista


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