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Tierra y agua: nuestro poder, nuestro planeta

Tierra y agua: nuestro poder, nuestro planeta
Imagen de la Tierra tomada por el astronauta de la NASA y comandante de la misión Artemis II, Reid Wiseman, desde la ventanilla de la nave espacial Orión el 2 de abril de 2026, tras completar la maniobra de inyección en órbita translunar. EFE/ NASA/Reid Wiseman

Somos polvo y agua. Esta afirmación, basada en evidencia, indica que el 99% del cuerpo humano está formado por elementos químicos presentes en la corteza terrestre y los océanos. Un adulto promedio es, aproximadamente, 60% agua y 40% tierra organizada, según un estudio del U.S. Geological Survey (2019). Seis de cada diez kilos del cuerpo son agua. Cuatro kilos son polvo de estrellas, suelo, minerales y carbono terrestre, no en sentido metafórico, sino literal. Así, el cuerpo humano no está sobre la naturaleza: está hecho de ella.

Como lo planteo en mi libro Diálogo pedagógico con la naturaleza (2012), lo anterior nos debe llevar al reconocimiento de nuestra interdependencia con la tierra, donde esta ya no es más un recurso externo, sino un sujeto de derecho (Ley 287 de 2022), con el que construimos una nueva sociedad y una nueva relación con la naturaleza que finalmente la dignifique.

Los escenarios complejos que proponen una crisis climática, ética e institucional nos sitúan, en muchos casos, como victimarios. Pero en el contexto del Día Internacional de la Tierra, celebrado cada 22 de abril, convendría proponer una nueva pregunta de calidad: en lugar de insistir únicamente en la narrativa del daño, preguntarnos ¿qué hemos hecho bien como sociedad?

El 91% de la población mundial tiene hoy acceso a electricidad, frente al 73% del año 2000. Más de 760 millones de personas salieron de la pobreza energética en dos décadas y la energía renovable representa más del 30% de la capacidad eléctrica instalada global. Esto es un indicador que reduce el antagonismo del modelo de prosperidad sin crecimiento, discusión propuesta por el economista británico Tim Jackson en 2009.

En materia de áreas protegidas, el 17% de la superficie terrestre y el 8% de los océanos están hoy bajo alguna figura de protección; en 1990 estaban por debajo del 9% y 2%, respectivamente.

La humanidad también ha recuperado ecosistemas y especies, y la ciencia confirma que restaurar cerca del 50% de paisajes clave podría preservar hasta el 90% de los servicios ecosistémicos críticos del planeta. Panamá ha sido reconocido como un país que cuida su casa común y como uno de los mejor posicionados ecológicamente del continente.

El 62% del territorio nacional mantiene cobertura boscosa, uno de los porcentajes más altos de América Latina. Más del 65% de la electricidad proviene de fuentes renovables (hidro, solar y eólica), y el país captura más CO₂ del que emite (balance neto negativo). El Canal de Panamá, como experiencia de gobernanza sostenible, también aporta significativamente dentro de este ecosistema, ya que no es solo infraestructura crítica: representa una ruta más corta, con menos emisiones.

La cuenca hidrográfica del Canal comprende unas 582,671 hectáreas (5,827 km²), con 58% de cobertura forestal protegida. Provee agua a más del 54% de la población del país, lo que la convierte en uno de los territorios estratégicos mejor conservados de la nación y un pilar fundamental de su seguridad hídrica, reforzado por proyectos como el de río Indio.

En los últimos veinte años no solo aumentaron las leyes ambientales; también disminuyó el analfabetismo ecológico (Tarté, 2010) y crecieron las capacidades institucionales y sociales. En la región, la educación ha jugado un papel clave. Como lo digo en mi estudio Holismo verde (2022), los países que equilibran ciencias blandas y duras logran mejores resultados ambientales.

Sin embargo, el éxito no debe cegarnos. El futuro plantea desafíos: mantener la seguridad hídrica como eje estratégico, vincularla con justicia social, desarrollo rural y conservación. Tal vez el mensaje no sea salvar el planeta como héroes, sino recordar que somos parte de él.

En el Día Internacional de la Tierra, el lema “nuestro poder, nuestro planeta” adquiere un nuevo significado: no implica dominio, sino responsabilidad. Como señalaba Fritjof Capra, la Tierra es una trama de vida a la que pertenecemos. No es “nuestro” porque nos pertenezca, sino porque somos responsables de ella. Somos polvo de su polvo y agua de su agua. Y en polvo nos convertiremos, algún día.

El autor es investigador y coordinador de la memoria histórica del Canal de Panamá.


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