CÁTEDRA MAESTRA

Un tipo raro...

Este viernes escuchamos al expresidente de Uruguay José Pepe Mujica durante dos maravillosas horas, que mantuvieron a muchos ensimismados con las reflexiones nacidas del pensamiento de este hombre sencillo, simple y de una humildad intelectual atípica en nuestros tiempos.

Don Pepe fue presentado como un ex guerrillero tupamaro, que “no acumula odios a pesar de haber pasado años en una cárcel”. Capaz de desarrollar empatía con personas tan disímiles como Barack Obama o Fidel Castro. Y con la particularidad de haber sido un político que se empeñó en cumplir su palabra, siendo “el presidente más pobre del mundo”. Todo esto lo ha convertido en una especie de rock star que abarrota auditorios con gente que se desvía de su camino para escuchar ese mensaje que, si bien es fácil de entender, es tan difícil de cumplir.

La primera imagen que se percibe al verlo llegar es la de un “ancianito” bastante frágil, de caminar cansado (llevaba dos días de un lado para otro como “pedacito de santo”). Coincidiendo con su descripción de “no ser pobre, sino sobrio”, viste una sencillísima chamarra clara y sin corbata. Parece alegrarse cuando llega al asiento donde pasará las próximas dos horas conversando sobre sus ideas con un auditorio de unas 400 personas que toman un rato del “viernes cultural” panameño para una actividad muy diferente a lo habitual.

Su actitud, muestra un hombre en “la etapa editorial de su vida”. Donde puede decir lo que se le apetezca, sin dar explicaciones. A pesar de haber sido diputado, ministro y presidente, nadie lo ha acusado nunca de robarse nada, ni de corrupto.  Solo con eso, puede jactarse de ser un ejemplar único en la política latinoamericana reciente.  

Pero lo grandioso de Pepe Mujica son sus ideas. Simples, directas y sin matices para quedar bien con nadie. Con la misma candidez con que se define “no como un político, sino como un predicador”, reconoce que “muchos dirán que tengo razón, pero no me van a dar pelota”. Dice ser un “zurdo no fanático, que por encima de la ideología quiere a la humanidad”. Tal vez por ser “un veterano que pasó muchos años en la soledad de un calabozo”.

Ateo empedernido, considera que “el verdadero dios de la actualidad es el mercado, que transforma trivialidades en necesidades”. Y que “las máquinas nunca reemplazarán del todo al hombre, porque las máquinas no compran cosas” y porque “alguien tendrá que arreglar los robots”.

  Describe las capitales europeas como ciudades en el medio del territorio para “pensar para adentro”, mientras que las americanas están en puertos porque siempre se quiso “pensar para afuera”. Ha descubierto también que “el libre comercio no existe porque el mundo es muy liberal para venderte, pero no para comprarte”.

Cuando le preguntan sobre desigualdad social, tira números: “En Latinoamérica, 32 señores tienen lo mismo que 300 millones. Y así no se puede”. Pero no deja de tener muy claro el concepto jacobino: “La igualdad no se refiere a posesiones, sino a oportunidades”, mientras define la libertad en primera persona “es el tiempo de mi existencia que me hace feliz y me motiva”.

Defiende con pasión la necesidad de “integrar no el mercado, sino el conocimiento”. Se queja de que en Latinoamérica, “los mejores cerebros se los llevan otros”, mientras ponemos leyes que obstaculizan la importación de sabiduría en una época donde “los chicos traen una universidad en el bolsillo, pero no la consultan”.

Sentencia, entre escasos aplausos de la audiencia, que “la arquitectura tiene que estar al servicio de las necesidades humanas, y no del interés inmobiliario”. Mientras, toca sutilmente a los panameños: “aquí ustedes inventan islas carísimas (...). Qué bicho el hombre, tan vanidoso”.

Dice que “la política es una necesidad humana consecuencia del carácter tremendamente gregario de nuestra especie, que sola es muy débil, pero junta es tremendamente fuerte”. Insiste que “la política es la capacidad de pensar en el nosotros y no en el yo, y que todo aquel que quiere mucho la plata, nunca debe entrar en la política”. Admira a la Iglesia católica como columna vertebral de la sociedad latinoamericana, dándole un valor político, dejando a un lado moralismos y creencias.

Defiende su gobierno. Legaliza el aborto porque “va a ocurrir de todos modos”, y “si no se legaliza, se le quita a la mujer pobre la posibilidad de realizarlo bajo condiciones sanitarias adecuadas”. Al final, “se salvan mujeres y niños”. Apoyó el matrimonio igualitario, porque las relaciones homosexuales son naturales desde que el ser humano existe “o no dirá el que leyó La Ilíada, que entre Patroclo y Aquiles no había algo”. Por último, la legalización de la marihuana, “es una manera de garantizar controles, mientras le desbaratan el negocio a los traficantes”.

Al final, se define como producto de una nación que “ya en 1912, había echado a la Iglesia católica para convertirse en la sociedad más laica de Latinoamérica, mientras recibían a los anarquistas perseguidos en Argentina”.

Al final de la conferencia llega la hora de la reflexión. A pesar de toda la admiración por Pepe Mujica, entendamos que un político de ese calibre, es una utopía en Panamá. Aquí, la gente no votará por un ateo, pro derecho al aborto, pro matrimonio igualitario, y que ve en la sobriedad una virtud. Con razón, hubo muy pocos políticos en la conferencia. Ellos, de Mujica, no tienen nada que aprender…

El autor es cardiólogo

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