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IDENTIDAD HUMANA

La tiranía de la libertad

La tiranía de la libertad
La tiranía de la libertad

Si a la juventud, que sin duda es un divino tesoro, la acompañara la experiencia y la capacidad de reflexionar y meditar, nos llevaría a ser súper humanos. La realidad nos dice que eso sería la excepción, no la regla.

Primero nacemos, necesitamos gatear para desarrollar habilidades que nos permitirán levantarnos y caminar, a leer, escribir, y así, hasta desarrollar capacidades que nos permiten pasar a la siguiente etapa: crecer, muy probable reproducirnos, ser hábiles y útiles a la sociedad hasta morir. Ese viaje humano habrá sido hecho mayoritariamente en libertad.

Formamos parte de un pacto social por adhesión, que nos ha permitido pasar 2 mil años con cierta estabilidad, mucho mejor que las antiguas civilizaciones que resolvían todo por la fuerza. A eso llamamos libertad con orden.

Como personas humanas con dignidad, intentamos diferenciarnos del animal irracional desarrollando el intelecto. Promovemos la viabilidad de la especie siendo gregarios y practicando la solidaridad de diverso modo. Producimos un cuerpo legal que nos pone límites y nos brinda posibilidades de tal modo que nuestra libertad sea como decir: “el respeto al derecho ajeno es la paz, porque mi derecho termina donde empieza el tuyo”, y si no nos agrada, vamos a la justicia, al arbitraje o a las fuerzas vivas que promueven cambios en la legislación interna si realmente lo amerita. Podríamos decir que el ejercicio de nuestra libertad está casado con un sano compromiso que la limita para que no perjudique egoístamente a otros.

Y en libertad decidimos ser “nadie” o ser artista, músico, actor, literato, chef, abogada, médico, educadora, enfermera, o bien ser la cara negativa (proxenetas, traficantes, criminales, fármacodependientes, orates…). Incluso en libertad decidimos estar parcialmente en contra del orden establecido porque se necesita una libertad de expresar lo que tenemos adentro, pero sin atentar contra el conglomerado social ni la dignidad de las demás personas. O sea, que esa libertad también nos permite ser excepción y minoría… sin salirnos del compromiso o pacto social. El Estado de derecho tolera y enseña a tolerar a esas excepciones y minorías mientras no atenten contra el interés de la mayoría. El bien común está por encima del particular. No al revés.

La libertad y el compromiso que conlleva su ejercicio son una realidad que fue y será siempre. No es un dogma ni un paradigma para que venga un mercachifle a señalar que hay que destruirlo para reconstruirlo de nuevo. Inevitablemente, la libertad sin compromiso lleva al abuso, la opresión y a la negación propia de la libertad. Y el compromiso sin libertad lleva a la esclavitud y la abyección en cualquiera de sus formas.

A lo largo de esa historia se nota un compromiso natural. Dogma para algunos. Vamos de lo salvaje a la organización. En ese devenir los seres humanos hemos esclavizado, torturado, abusado y usado extensivamente a otros seres humanos. Del mismo modo también hemos creado las bases de la civilización y el conocimiento que nos ha llevado a curar enfermedades, explorar el espacio, evitar injusticias e intentar ser mejores humanos cada día.

Hoy se escuchan voces que dicen que no se sienten obligadas a cumplir el compromiso para el ejercicio de la libertad individual y colectiva. La minoría desea imponer su sistema a las mayorías y que sea la mayoría la que acabe siendo absorbida por la minoría. Que consideran que la historia hay que reescribirla rompiendo con el pasado (considerándolo un lastre negativo y fetiche).

Una forma de verlo es la cantidad de novelas, películas, cuentos de niños y otras formas de conocimiento más que todo dirigido a niños, donde el demonio no es malo, que un ser ficticio como un vampiro, hombre lobo o mago es real, “humano” y tiene mucho que enseñarnos, sobre todo que no son malos y con derechos. Que es más fiable creer en Santa Claus que en Buda o Jesús y que ganamos mucho popularizando el esoterismo y ocultismo con la nueva era para enterrar el fracaso religioso mundial.

Preocupa mucho ver mostrar a niños y adolescentes sin criterio formado que la pornografía, el sadomasoquismo y otras conductas se considere bueno, saludable, experimentable y una opción más en nuestro camino, como decidir que una niña nacida mujer o un niño nacido hombre “entiendan” que no tienen que ser hombre o mujer, sino que pueden decidir si quieren ser eso o algo intermedio o alejarse del patrón humano.

Pareciera como si alguien inconforme con su vida y con gran genio e intelecto quisiera que más personas participaran de su club de inconformidad como cosa normal. Y una vez el club tiene membresía… ¡a conquistar el mundo!

¡No terminemos, como decía Baudelaire, en “un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento”!

¡Viva la libertad con compromiso!

El autor es investigador de historia


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