En un segundo, todo puede cambiar. Vas a una caminata al causeway, a pasar un buen rato, a hacer algo de ejercicio también, como quizás lo hacen miles de personas en cualquier tarde de domingo.
El causeway tiene aceras anchas, bicolor, señalizada para peatones un color, y para cualquier vehículo que comparte la acera, otro. Esta norma en las aceras poco se cumple, ya sea por ignorancia o el ya sabemos poco apego a las normas que tenemos en este país. Comienzas tu recorrido por el BioMuseo. Ya vas bastante avanzado, entre isla Perico y Flamenco, siempre sobre la zona peatonal, a pesar de la gran cantidad de personas caminando o trotando y la circulación de vehículos de todo tipo que ahora se usan sobre la acera en el causeway.
De pronto, te embiste un vehículo a motor, una especie de moto, con dos personas a bordo. Sientes un golpe seco a la altura del tobillo que logra levantar tus más de 110 kilos de peso, fracturándote con el impacto dos huesos en la zona del tobillo izquierdo y derribándote a la acera.
De ese segundo en adelante, todo fue distinto. ¿Qué pasó? Es lo primero que te preguntas. Te ayudan a levantarte, y ves aquel vehículo enorme, que casi no deja espacio en la acera, sin ningún tipo de placa y con la única identificación de Burke Bikes y te preguntas, ¿cómo les permiten compartir circulación sobre el mismo espacio peatonal?
El vehículo y quienes iban en él, aparentemente uno de 19 años y otro menor de edad, también cayeron al piso. Se levantan y solo te dijeron “disculpe” y se fueron. Comportamiento muy cívico demostraron. ¿Y ahora qué? No hay policías de Tránsito ni de ningún tipo por el área, y así, al menos, poner una denuncia.
El dolor crece en toda la zona del tobillo. Afortunadamente, fuiste acompañado y te ayudan a tomar un taxi que te conduce hasta donde dejaste el auto y piensas, ¿quién se responsabiliza de todo esto? A pesar de lo mal que estás, vas a reclamar en Burke Bikes, en donde olímpicamente te dicen que “no nos hacemos responsables”. Insistes y esta vez logras que te digan que hace poco le retornaron un equipo golpeado, pagaron una multa y te dan un número de celular de la persona que alquiló el vehículo, que resultó ser de la progenitora del individuo.
Ni modo, es mejor que tomes rumbo rápido a un hospital. Sigues con bastante suerte y con la póliza colectiva de donde laboras, puedes asistir a una clínica privada. Atención inmediata, hospitalización, cirugía, recuperación y dos meses después, aún no caminas sin muletas, pero ya pronto, si todo sigue mejorando, no será así.
Escribo toda esta vivencia para dar a conocer una situación que para una persona con “menos suerte” que yo hubiese sido muchísimo más difícil de lidiar. Me sigo preguntando: ¿y si en lugar de a mí, ese vehículo hubiese embestido una persona más débil o mayor que yo o un niño o una mujer embarazada? ¿Y si hubiese tenido que ir a un hospital público, estaría aún en espera? ¿Cómo estaría? ¿Quién se hace responsable en estos casos? ¿El arrendador o el arrendatario? ¿Está realmente permitido que ese tipo de vehículos circulen sobre la misma zona que los peatones?
Consulto las últimas normas sobre las nuevas formas de movilidad y no me responden ninguna de éstas ni otras interrogantes.
Al final, es cierto que a cualquiera le cambia la vida en segundos, pero la diferencia está en que si realmente viviéramos en un Estado donde la seguridad ciudadana fuese prioridad, lo que solo sería “un mal momento en un domingo de paseo” se te puede convertir en una pesadilla que tú y tu familia, solos, tendrían que afrontar.
El autor es un ciudadano
