En Panamá, hace tiempo que le perdimos el miedo a Dios. Todo mundo lo mienta, sobre todo los políticos, que argumentan que ha sido Él, “Creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible”, quien los puso en el cargo que ostentan, y desde el cual roban y blasfeman contra lo democrático y lo divino.
Todos son “santos”, evangélicos o católicos, o una mezcla para caer bien en cualquier ambiente “espiritual”. El “santo” diputado, ministro y hasta presidente, siempre tiene en la boca a Dios todopoderoso, que declara en las Escrituras desde el principio, en Éxodo, que “no tendrá por inocente al malvado”, pero ellos tranquilos, porque su dios (en minúsculas) es igualito a ellos: juegavivo y prepotente.
La técnica de usar el “opio del pueblo” contra el pueblo, es muy vieja. Los “santificados” por la “religión”, tienen engañado al pueblo porque este, en lugar de abrazar la luz del Libro, de buscar criterio en él, decide afianzar su oscuridad en una religiosidad ideológica, fruto de la necesidad al que estos “cristianos” de pacotilla tienen al electorado. No se fíen del político que invoca a Dios: es un mentiroso, seguro.
El verdadero “santo” (el de “relación”, no el de “religión”), no invoca a Dios, sino que hace lo que Él dice en su Libro, busca el bien del prójimo aplicando, de los diez mandamientos, los más básicos: honra a tus padres, no robes, no codicies, no digas falsos testimonios, no invoques en vano a Dios (por eso el verdadero no mienta tanto a Dios).
En este día, reflexionemos y quitemos las máscaras de ‘halloween’ que traen muchos políticos. El disfraz más aterrador, es el de “santo”, que consiste en una piel de oveja que esconde al lobo capaz de mentar a Dios sin miedo porque, para ellos, es solo opio, una forma de engaño a los votantes, pura religión alejada de una verdadera relación con ese Dios del que tanto hablan.
El autor es escritor.
