Llevo discutiendo con Mario Vargas Llosa toda la vida. Recuerdo ir comprando de segunda mano todos sus libros en la Cuesta de Moyano de Madrid: primero, Contra viento y marea (I) y Conversación en la Catedral. Busqué como loco Gabriel García Márquez: Historia de un deicidio, pero solo encontré, en la edición de Seix Barral, El combate imaginario. Las cartas de batalla de Joanot Martorell, que firmó junto a Martín de Riquer. Luego vendría todo lo demás, sobre todo, sus artículos.
El domingo 17 de diciembre de 2023, Mario Vargas Llosa, publicó su última columna de Piedra de toque. La primera, no lo supe hasta hace poco, la publicó unos días antes de llegar yo a España en diciembre de 1990. Son 33 años, consciente o no, discutiendo sus posiciones políticas y literarias, leyéndolo como un espíritu de la contradicción, libre, siempre diciendo lo que quería, y al diario para el que escribía, El País, publicándolo: una doble lección de respeto intelectual y de libertad de pensamiento.
Toque de piedra será el sonido que nos quede de las columnas de este grande de las letras, cuya sonoridad lítica seguirá repiqueteando como disparos que se amontonan en la memoria. Vargas Llosa, que se ha despedido también de la literatura, ensaya sobre Sartre, cerrando un círculo inmenso y vital, volviendo sobre lo leído de un modo lúcido y sin rencores ni venganzas, dejando un penúltimo consejo a los que empiezan a escribir en prensa: “decir y defender su verdad, coincida o discrepe con lo que el diario defiende editorialmente”.
Gracias, Vargas Llosa (Mario lo llaman sus amigos), por las lecciones y la discusión constante, que no parará, y a El País por publicarle a pesar de todo y contra muchos. Más allá de colores e ideologías caducas, está la grandeza de este oficio: pensar con libertad, escribir con rigor, y denunciar a aquellos que prefieren anular la discrepancia en lugar de enfrentarla con criterio.
El autor es escritor
