Hace pocos días, el Minsa emitió un comunicado que, como pediatra, me hizo detenerme: en lo que va del año, Panamá acumula 49 casos confirmados de tos ferina, distribuidos en nueve regiones de salud, y, lamentablemente, una defunción en un bebé menor de un año. Son cuatro casos más que en el mismo período de 2025. La cifra no es alarmante en sí misma, pero la historia detrás de cada caso sí debería importarnos a todos.
En el consultorio, la tos ferina casi nunca empieza como uno la imagina. Llega disfrazada de resfriado común: mocos, un poco de fiebre y una tos que no parece gran cosa. El problema es que esa tos se vuelve intensa, en accesos que no dejan respirar, a veces con vómito, con dificultad para dormir y con ese silbido característico al inhalar que le da nombre popular a la enfermedad: tos convulsa. En los bebés más pequeños, el cuadro puede ser aún más engañoso: en lugar de toser, simplemente dejan de respirar por unos segundos, lo que conocemos como apnea. Por eso es una enfermedad que los pediatras tomamos muy en serio, especialmente en los menores de seis meses.
Lo que muchas familias no saben es que la vacuna contra la tos ferina ya forma parte del esquema nacional de vacunación y está disponible gratuitamente en los centros de salud. La primera dosis se aplica a los 2 meses de edad, la segunda a los 4 y la tercera a los 6. Es recién con esas tres dosis completas que un bebé alcanza una buena protección contra la enfermedad. Esto significa algo importante: durante los primeros meses de vida, mientras completa su esquema, un bebé no está bien protegido frente a esta bacteria tan contagiosa. Y son justamente esos primeros meses, antes de los 6, los de mayor riesgo de complicaciones graves y de hospitalización.
Aquí es donde entra la responsabilidad de todos los que rodeamos a un bebé pequeño. La vacunación de la embarazada, en cada embarazo, es muy importante: al aplicarse la vacuna en el último trimestre, la madre transfiere anticuerpos a su bebé antes de nacer, dándole cierta protección desde el primer día de vida, cuando todavía no puede vacunarse. Pero eso no basta si el resto del entorno no está protegido. Los papás, los abuelos, las niñeras y también los hermanitos mayores que conviven con el bebé deben tener su esquema de vacunación al día. La tos ferina se contagia con facilidad por gotitas al toser o estornudar, y muchas veces quien la transmite a un recién nacido es un adulto o un niño mayor con una tos que parecía simplemente un resfriado.
Esta es la estrategia que en medicina llamamos “capullo”: rodear al bebé de personas vacunadas mientras construye su propia protección. Este es un ejemplo de cuidado colectivo. Un bebé de dos meses no puede protegerse solo; depende de que los adultos a su alrededor hayamos hecho la tarea.
Las enfermedades prevenibles por vacunas casi nunca son un problema de un solo niño: reflejan qué tan bien nos cuidamos como comunidad. Cuando escucho de una muerte evitable por tos ferina, no pienso en una estadística, sino en una familia que nunca imaginó que algo prevenible podía llegar tan lejos.
El llamado del Minsa debería ser también el nuestro, como padres, abuelos y cuidadores. Revisar la tarjeta de vacunación de los niños en casa, confirmar si la madre embarazada recibió su dosis durante este embarazo y verificar que los hermanitos mayores estén al día. Son gestos simples, disponibles y gratuitos, que pueden hacer la diferencia entre un resfriado pasajero y una complicación grave en el bebé más pequeño de la casa. Cuidar a los más vulnerables no es tarea del Minsa, del pediatra de cabecera ni de un solo padre: es, literalmente, tarea de todos.
La autora es pediatra.

