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9 de enero de 1964

Una tragedia que pudo ser evitada

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Este miércoles 9 de enero se cumple un aniversario más de aquella lamentable confrontación entre civiles y militares, dándonos como resultado a más de una decena de civiles y cuatro soldados gringos muertos. Se han escrito bastantes atinados tomos por parte de testigos oculares e historiadores de ambas partes.

Me enfocaré en los factores exógenos que probablemente llevaron a ese lamentable conflicto entre dos naciones que, por lo general, siempre han sido muy amigas. De Shakespeare estar vivo diría que algo raro huele mal en Dinamarca en este asunto. Te presentaré una óptica poco expuesta.

La apresurada separación de Colombia y el leonino tratado Hay-Bunau Varilla en 1903 generó múltiples malestares dentro de la ciudadanía panameña las décadas siguientes. Se pospuso una y otra vez lo inevitable; una violenta confrontación. Cada intento diplomático entre ambas naciones reducía el abismo hasta llevarnos al acuerdo presidencial Chiari-Kennedy, que entraría en efecto en enero de 1964.

El abrasivo tema como el de la izada de las dos banderas conjuntamente había sido finamente resuelto entre las dos naciones, pero un mes antes de su cristalización Kennedy fue asesinado en Dallas. Tal desdicha lleva al novato de Lyndon B. Johnson a la Presidencia al ser juramentado dentro de un avión en camino a Washington. Jackie, la recientemente viuda, vestía aún su Channel ensangrentado en aquel vuelo durante la ceremonia. Inevitablemente, Panamá pasa nuevamente a un segundo plano, ya que Johnson se estrena en la Casa Blanca ante el intrincado tema de Vietnam, unas volátiles dos Europas, y sus rangos medios dedicados a Latinoamérica optan por “ablandar” lo acordado con Kennedy muerto. El resto ya todos lo sabemos y ahora es duelo nacional.

La realidad, destilada, es que Latinoamérica lleva casi 200 años de estar bajo un celoso protectorado norteamericano; siempre y cuando no haya una sobria coalición de naciones, sus administradores no nos observan debidamente. Para ellos su “seguridad interna” es un ítem innegociable con una definición algo elástica. Por lo general, para desdicha de Latinoamérica, las mejores mentes dentro de su servicio diplomático son asignadas a delicados puestos dentro de Europa y en Asia/Pacífico.

En 1960 Panamá tuvo la fortuna de tener asignado el excepcional e icónico embajador norteamericano Joseph Farland. Mi “tío Joe” reemplazó al conflictivo Julian Harrington (nada mío).  Tenía tacto y don humano. Me contaba mi padre que Farland eclipsaba a las otras altas figuras de Estados Unidos dentro y fuera de Panamá. En mi última visita a su casa en Boca Ratón, Florida, él me comentó que había renunciado meses antes del “9” frustradísimo con la gran cantidad de ineptos dentro del Departamento de Estado en lo que a Panamá se refería.

Nuestra nación fue creada, lamentablemente, gracias a un capricho norteamericano. Su estrategia logístico-militar mundial era construir y proteger un canal interoceánico. De que tuvimos más de 16 intentonas contra nuestros vecinos colombianos les era de poca importancia. Estados Unidos había entrado tarde en la carrera colonialista, liderada por las coronas europeas y de Japón. Al coloso se le había agotado la paciencia con la lenta burocracia bogotana y optaron por el audaz plan B que el francés Phillipe Bunau-Varilla et al les ofrecía.

Ya en 1904 se inician las obras de construcción de tal maravilla moderna por 10 años. Conlleva un alucinante tráfico internacional de obreros de todo color y credos. Gran cantidad de equipo pesado empieza a llegar a nuestra infante nación. Los norteamericanos también empiezan a reclutar supervisores de todo tipo, pero la mayoría provienen del sur debido al alto desempleo desde su derrota en la guerra civil.

Ellos traen consigo sus costumbres; desafortunadamente algunas son de índole racista de lo administrativo y las ponen en práctica contra muchos panameños dentro y fuera de horas de trabajo. Ahora son problemas raciales los que se suman a las iniquidades del tratado original entre ambas naciones. Después de ambas guerras mundiales, lentamente se reiniciaban negociaciones y acuerdos para emparchar las fallas. Algunas de nuestras administraciones fueron efectivas, mientras que otras fueron débiles en la mesa de negociaciones.

En fin, se descarrila un buen acuerdo entre las dos naciones, al igual que sus probables frutos. A la misma vez, el Canal deja de ser el vital recurso que era originalmente para los norteamericanos debido a los avances en otras tecnologías de transporte y las mejoras viales dentro de Estados Unidos. Aunado a esas realidades, lo lamentable es que el 9 de enero de 1964 fue el detonante para acelerar un acuerdo binacional que reemplazara el de 1903 y terminamos en 1977 con uno aún por definir si fue el mejor para Panamá o no.

Del rey Salomón estar vivo nos repetiría la máxima de que hay tres daltónicas verdades en nuestro ethos y pathos: “la mía, la tuya y la verdad”. Esta última fue la más traicionada el 9 de enero de 1964. Nada le devolverá a las madres de los estudiantes ni a las viudas de los soldados gringos asesinados ese día.

El autor es ingeniero en sistemas

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