Transporte público, una tarea pendiente

He escuchado unas declaraciones del presidente electo, José Raúl Mulino, en las que decía que ha designado al señor Carlos Sánchez Fábrega como gerente de MiBus. Lo primero que le ha pedido es que repare el sinnúmero de buses que están averiados para reactivarlos y ponerlos en circulación lo antes posible, de modo que puedan prestar servicio a los usuarios.

Aplaudo las buenas intenciones del presidente, que desde luego están bien encaminadas. Sin embargo, desde ya le puedo asegurar que eso no será suficiente para solucionar el problema de los buses, ni para devolver la dignidad a los usuarios, y mucho menos para recuperar la imagen de ciudad moderna de la capital.

En Panamá, el auténtico salto cuántico que se dio para modernizar el sistema de buses de transporte urbano ocurrió durante la presidencia de Ricardo Martinelli, cuando trajo a la empresa que operaba una enorme flota de buses modernos en los que los pasajeros se transportaban con comodidad y en condiciones dignas. Al mismo tiempo, tomó la valiente decisión de sacar de circulación a todos esos cacharros viejos, destartalados, pintarrajeados, ruidosos y contaminantes mediante el pago de $25,000 a los dueños por cada uno de esos trastos.

Recuerdo ver un inmenso corral donde fueron a parar cientos y cientos de esos inmundos cacharros que se sacaron de circulación. ¡Aquello era un gusto verlo! Yo dije con alegría: ¡Por fin! Sin embargo, para garantizar el éxito de aquella brillante operación, se requería llevar a cabo el último paso, el último en la secuencia del proceso, aunque quizás el primero en orden de importancia. Me refiero a la destrucción de los cacharros. Eso no se hizo. Solo se pagó a los dueños por los “buses” y se les retiró de circulación, llevándolos al corral, pero los cacharros no fueron desguazados.

Poco a poco, como por arte de magia, esas carracas han vuelto a salir, se han reproducido como hongos, campan a sus anchas por toda la ciudad, haciendo un ruido ensordecedor, vomitando nubes de humo negro apestoso y tóxico, parando donde les da la gana y afeando la imagen de la ciudad. Señor presidente Mulino, señor Sánchez Fábrega, reparen los “MiBuses”, reparen los “Metrobuses”, pero si de verdad quieren volver a dar un buen servicio a los ciudadanos, devolverles la dignidad como pasajeros y transformar para siempre el paisaje vehicular de la capital para que sea cónsono con el siglo XXI y no con los de la década de 1970, ya saben lo que tienen que hacer: sacar de circulación a esos monstruos y completar el proceso, llevar a cabo ese último paso que le faltó a Martinelli, el desguace.

El autor es abogado.


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