El fútbol americano es disciplina, jerarquía y liturgia. El estadio funciona como un templo civil donde la nación se reúne bajo un orden prusiano. Reglas estrictas, coreografías ensayadas y tiempos medidos al segundo. Es el rito de cohesión por excelencia de los Estados Unidos. El deporte estadounidense por excelencia. En un espacio de Santa Clara, California, de temprana colonización española, como Puerto Rico.
En medio de esa arquitectura irrumpe el intermedio. La música se filtra donde antes hubo estrategia; donde la pelvis sustituye al playbook. Lo que era marcial se rinde ante lo carnavalesco.
Animal de audacia y rapidez, el Conejo gobierna por trece minutos el imaginario estadounidense sin necesidad de un golpe de Estado. Ocupa la lengua. Con su español boricua. Con sus cortes y su cadencia isleña. No se auxilia en el español estándar.
El español es una pieza única, con un archipiélago de más de cuarenta dialectos vivos. Cantar en boricua tiene la validez y el peso cultural que el de un tanguero invocando el dialecto porteño. Nacido en Panamá, pero expandido y comercializado por Puerto Rico, el reguetón fue el vehículo de esta ocupación lingüística.
El contraste fue abismal: frente al ritmo rígido y militar del juego, se impuso un pulso antiprusiano, flexible y pélvico.
La estética desafió el corazón del conservadurismo. Mientras el movimiento MAGA de Donald Trump observaba con recelo, la Flor de Maga —símbolo nacional de la isla— florecía en la solapa de Lady Gaga. Fue una reapropiación del acrónimo, una estocada visual en el centro del imperio.
Acompañando al Conejo, Ricky Martin lanzó versos punzantes sobre Hawái, otra periferia insular que, como Puerto Rico, habita la ambivalencia de pertenecer sin ser del todo. Para un artista nacido en la isla —territorio estadounidense desde 1898—, hablar su lengua es un gesto de soberanía. Bad Bunny es tan estadounidense como cualquier congresista, pero su raíz es isleña. Y ser isleño, en ese contexto, es un acto de resistencia.
El carnaval no destruye el orden, sino que lo suspende para ponerlo frente a un espejo. El medio tiempo funciona como una interrupción controlada; una irreverencia permitida dentro de límites cronometrados. La solemnidad del casco admite la pausa del ritmo caribeño porque la pausa confirma el ritual.
Cuando terminó la música, el balón volvió al centro y las reglas se retomaron. El orden absoluto requiere del desahogo para no quebrarse. El templo no cayó, pero sus muros se volvieron porosos. Al final, el mundo aprendió que el poder también se puede conjugar en boricua.
En el registro de la memoria, el marcador quedó sellado con una doble conquista: Seattle y Puerto Rico victoriosos.
El autor es periodista y filólogo.


