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Tu instinto no tiene buscador

Tu instinto no tiene buscador
Salud infantil. Ilustración generada con inteligencia artificial (DALL·E / OpenAI).

Son las dos de la mañana. Tu hijo tiene fiebre. No es la primera vez, pero algo en tu instinto esta noche te dice que prestes atención. Antes de despertar a nadie, antes incluso de llamar a alguien, abres el teléfono y escribes en Google. Las palabras salen solas: fiebre en niños, cuándo preocuparse. En segundos, tienes diez respuestas. Algunas te tranquilizan. Otras te alarman más de lo que estabas.

Esto no te hace una mala madre. Te hace una madre del siglo XXI.

Vivimos en una época en la que la información está a un clic de distancia, pero los turnos médicos pueden estar a semanas. En la que los servicios de urgencias están saturados y la consulta con el pediatra de cabecera a veces tarda más de lo que una mamá angustiada puede esperar. Las madres de hoy no acuden primero a Google porque desconfíen de los médicos. Lo hacen porque quieren entender, porque quieren llegar preparadas, porque en el fondo esperan que alguien —aunque sea una pantalla— les confirme que su hijo está bien.

Y cuando Google les da una respuesta que no termina de convencerles, que choca con ese instinto que ningún algoritmo puede reemplazar, buscan otra cosa: buscan a alguien que las entienda. Aparece entonces el chat de mamás. El grupo de las amigas de la infancia. El hilo de mensajes con las mamás del salón de clases. Alguien que diga: “a mi hijo le pasó lo mismo, yo usé esto y funcionó, tranquila, ya se le va a pasar”. No es información médica. Es algo más antiguo y más necesario que eso: es validación, es compañía, es la certeza de que no estás sola a las dos de la mañana con el corazón acelerado.

Hay quienes miran esto con cierta nostalgia y dicen: antes se le preguntaba a la abuela. Y tienen razón, en parte. Nuestras madres, nuestras tías, las mujeres que nos criaron, también buscaban respuestas. También se pasaban la voz, también compartían remedios y consejos entre ellas. Lo hacían con las herramientas que tenían: la experiencia vivida, la sabiduría heredada, la vecina de confianza. No lo hacían mejor ni peor. Lo hacían como podían, con lo que sabían, con todo el amor que tenían. Y funcionó, porque aquí estamos.

Lo que ha cambiado no es el amor de las madres. Lo que ha cambiado es el volumen de información disponible, la velocidad con la que circula y la dificultad de saber qué es confiable y qué no. Una abuela podía equivocarse, claro. Pero rara vez te mandaba a un foro de internet donde convivían el consejo sabio y la desinformación peligrosa con el mismo tono de autoridad.

A todas las mamás que han googleado síntomas a medianoche, que han preguntado en el chat antes de llamar al médico, que han dudado entre llevar al niño a urgencias o esperar a ver cómo amanece: no están haciendo nada mal. Están haciendo exactamente lo que haría cualquier madre que ama a su hijo y quiere protegerlo con las herramientas que tiene a la mano. El instinto que las lleva a buscar, a preguntar, a no quedarse quietas, ese instinto es bueno. Hay que escucharlo.

Pero hay algo que ninguna búsqueda en Google, ningún chat de mamás, ningún mensaje de WhatsApp puede reemplazar: la consulta presencial con el pediatra. No porque los médicos tengamos todas las respuestas, sino porque en esa consulta pasan cosas que no caben en una pantalla. Se puede ver al niño, escuchar su respiración, palpar su abdomen, mirarle los ojos. Se puede hablar con calma, sin caracteres limitados ni emojis de corazón. Se puede recomendar con toda la información sobre la mesa, no con los tres síntomas que alcanzaron en un mensaje de voz.

La tecnología es una herramienta poderosa. Pero la salud de tus hijos merece algo más que una búsqueda. Merece tiempo, presencia y una mirada entrenada que te mire a los ojos y te diga: está bien o hay que actuar.

Y eso, todavía, no hay aplicación que lo haga. Ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede reemplazar la mirada de un médico que conoce a tu hijo, que te escucha y que está presente de verdad.

Aunque de eso, precisamente, escribiré la próxima semana.

La autora es pediatra.


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