Hace algunos años, estaba sola en el elevador del Royal Center. El elevador paró en un piso y entró un señor, que me miró pero no dijo nada. Le dije “buenos días” y me respondió el saludo, a lo cual sonreí. Luego de una pausa, me dijo: “¿Sabe una cosa? Yo antes saludaba primero, pero me cansé que la gente no responde”.
Aquello que el señor pensaba lo había considerado yo misma tantas veces por la misma razón. Tantos “buenas”, “buen día”, “hasta luego”, “que esté bien” fueron respondidos con silencio e ignoro, que me cuestionaba cuál era el punto de yo seguir quedando como ridícula hablándole al viento. Pero en el momento que el señor del elevador me dijo eso, me llegó un pensamiento que me respondió tanto a mí como a él y honestamente me cambió para siempre.
“¿Usted sabe? Me ha pasado lo mismo y he sentido lo mismo que usted expresa. Pero yo no saludo por la otra persona. Saludo porque así soy yo. Reconocer la existencia de una persona es un valor que yo tengo y no me lo va a quitar la respuesta de otro”, le dije.
El señor sonrió y estuvo de acuerdo, pero se tuvo que bajar ya que había llegado a su piso.
Ese intercambio de apenas dos minutos me impactó tanto que comencé a ver la vida de otra manera. Inevitablemente, las acciones de los demás hacia nosotros nos van a moldear de alguna manera. Los seres humanos aprendemos por experiencia. Sin embargo, no debemos ser reactivos ante las experiencias, sino analizar y cuestionar qué estamos dispuestos a sacar de ella.
Me di cuenta que cuando hago las cosas esperando respuesta, estoy teniendo una necesidad que pongo en las manos de otro. Si hago las cosas por mis creencias y valores, no espero nada a cambio. También me di cuenta que estaba generalizando. El impacto de sentirme rechazada, opacaba las respuestas positivas y, mientras hay muchas personas que no practican la cortesía, también hay un gran número que sí lo hace.
¿Quién eres, quién quieres ser y cuál quieres que sea tu impacto en la humanidad? Eso es para ti y es tuyo. Que las malas prácticas de algunos otros no te lo quiten.
La autora es psicóloga clínica
