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TOLERANCIA

La última foto

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La última foto

En estos momentos en que en mi país se lleva cabo un debate sobre el reconocimiento de los derechos de una minoría históricamente marginada, quiero compartir una anécdota muy íntima y personal.

Viví por más de 25 años en la calle Pedro Obarrio de El Chorrillo. Trabajé con mis padres en una tienda que tenían, llamada Ilsa del Chorrillo, en el conocido “el límite” entre Panamá y la antigua Zona del Canal.

En la calle Pedro Obarrio, diagonal a la casa donde vivíamos, había un restaurante donde se vendía frituras y comida popular, La Flor Santeña, cuyo propietario era José del Carmen.

Con la aparición de “El Paco”, el comisariato reservado para los policías cuyo cuartel central quedaba a cinco cuadras, el negocio de mi padre decayó abruptamente. Fue así, ante la estrechez económica, que mi padre terminó alquilándole a José del Carmen el patio de nuestra casa, donde los empleados del restaurante pelaban los pescados.

José del Carmen, sabiendo que mi padre usaba el dinero del alquiler para pagar la educación mía y de mi hermana Eva, cancelaba por adelantado.

Sin embargo, no faltaron algunos que fuertemente criticaron a mi padre por su decisión. “Yo nada más te estoy aconsejando - le decían-, tú tienes hijos. ¿Cómo le vas a alquilar a ese tipo?”.

Nunca hubo prioridad más alta para mis padres que la de sufragar la educación de sus hijos.

José del Carmen era santeño y nacionalista. Cada 10 de noviembre organizaba un tambor de orden que duraba 3 o 4 horas, con polleras y montunos, para celebrar el grito. Recuerdo que durante la campaña electoral de 1964 vi en el balcón del restaurante al doctor Arnulfo Arias, acompañado de Tito Arias y Margot Fonteyn.

José del Carmen y sus empleados eran homosexuales. Una tarde, cuando yo tenía 19 años y estaba ya estudiando premedicina, José del Carmen me vio tomando unas cervezas. No me dijo nada. Al día siguiente me llamó. “Me dolió verte salir de una cantina. Aquí hay gente que piensa que no vas a llegar a nada. De aquí nunca ha salido un médico. Ya hay apuestas a que no lo vas a lograr”. “No nos defraudes. A los que conocemos el sacrificio de tus padres, nos dolería que fracasaras”.

Treinta años después regresé a El Chorrillo con Mary Beth, mi esposa, para mostrarle el barrio donde había pasado años muy importantes de mi juventud. Fue en 1995, cuando recibí la condecoración de Vasco Núñez de Balboa. Al llegar a la Pedro Obarrio fui recibido por viejos vecinos y amigos. En eso vi a José del Carmen, tal como lo había dejado hacía 30 años. Delantal blanco, pero el pelo también completamente blanco. “Nunca he olvidado tu consejo, fue muy importante para mí”, le confesé y le pedí que me permitiera tomarme una foto con él.

Ya sabía yo de los efectos dolorosos causados por los prejuicios y la discriminación, esa lamentable forma de juzgar a los demás por el color de su piel, por sus apariencias o a aquellos que simplemente han decidido aceptar públicamente una condición involuntaria y natural. Como médico en Houston había presenciado una de las etapas más crueles de la historia de la atención hospitalaria a causa de la epidemia de sida que abatía a Estados Unidos y al mundo. Los pacientes diagnosticados con dicho síndrome eran segregados, por no decir abandonados, a causa de estigmas sociales, marcando así uno de los capítulos más oscuros de la medicina moderna.

He pasado mi vida como todo médico atendiendo pacientes y por el tipo de enfermedades que trato, muchos en el filo entre la vida y la muerte. He aprendido existencialmente, y no por educación solamente, que todos somos iguales. Que no hay nadie mejor que los demás y que todos somos hijos de Dios.

La foto donde aparezco con José del Carmen, y que él aceptó tomarse con tanto orgullo, fue probablemente la última foto que se tomó en vida. Una semana después de la misma, a José del Carmen lo mataron cuando entraron a robar al restaurante.

Cuando nos tomamos aquella foto había una persona joven a su lado, llorando. Era su hijo. No sabía que tenía hijos. Ese joven se me acercó y me agradeció el haber ido a buscar a su papá. “Usted sabe cómo es la gente, la gente es cruel”, me dijo ese día. El hijo de José del Carmen había llegado a graduarse de la Universidad de Panamá. “Mi padre es el mejor padre del mundo” me dijo emocionado, y no me quedan dudas de que lo fue.

El autor es médico oncólogo


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