Las elecciones de medio término de Estados Unidos, hace casi dos semanas, han sido algo así como la llave que le quitó el último tornillo a lo que quedaba de la estabilidad emocional del presidente Trump.
El partido demócrata recuperó el control del Congreso, mientras que los republicanos mantuvieron el Senado, lo que en papel parece ser conveniente para mantener los “pesos y contrapesos” de un sistema democrático. Sin embargo, en la realidad, este resultado parece ser lo que faltaba para terminar de trancar el proceso legislativo en Estados Unidos. Como era de esperarse, Trump gritó a los cuatro vientos que había sido una victoria, aunque su conducta comenzó a ser bastante errática para alguien que acababa de ganar una elección. Esa misma semana, insultó a un periodista de CNN, y mandó a retirarle su permiso para trabajar en la Casa Blanca. Como si eso fuera poco, le pidió la renuncia a su secretario de justicia, para nombrar de forma interina a un fiscal que ha manifestado su oposición a que se siga investigando la intromisión de los rusos en las elecciones del 2016. Un día después, al salir hacia Francia para participar en los actos por el centenario del final de la Primera Guerra Mundial, volvió a insultar a otra periodista.
Al llegar a Francia, siguió en su arrebato antisocial, con actitudes propias de un adolescente mal educado hacia el presidente de Francia. Aprovechando también para despotricar contra los países europeos, amenazándolos con quitarles el respaldo militar.
Lo más curioso de todo es que los admiradores de Trump parecen perdonarle todo. Sería interesante preguntarle a esos defensores del trumpismo, si ellos estarían dispuestos a dejar a sus hijos en una escuela donde el director considera que si se es lo suficientemente famoso, a las mujeres se les puede agarrar la entrepierna contra su voluntad. Seguramente no lo querrían, pero no tuvieron el menor reparo en votar para que ese mismo animal dirija el país.
El mundo entero parece estar llenándose de dirigentes “democráticamente electos” que amenazan con violar derechos humanos con la más sorprendente desfachatez, sin que eso afecte a sus masas de votantes.
Basta ver cómo florecen tipos como Rodrigo Duterte en Filipinas, quien ha autorizado el asesinato para deshacerse de narcotraficantes (sin pruebas o fallos judiciales previos) o a Jair Bolsonaro, quien alcanza la presidencia de Brasil, prometiendo matar a los delincuentes y evitando que los “negros inferiores” [sic] tengan hijos.
Así mismo, sorprende que cada vez haya más gente que considere que los derechos humanos son desechables, cuando cumplirlos choca con sus intereses. Siempre hay que tener presente que esos derechos hay que respetarlos, y que fueron diseñados principalmente pensando en los más vulnerables. Porque, cuando menos lo pensamos, puede resultar que sean nuestros derechos los que se violen, y entonces no nos agradará que nos digan que “la mayoría quiere que sea así”...