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Un ‘asshole’ global

Esta semana, cayó en mis manos un librito del profesor de filosofía de la Universidad de California en Irvine, Aaron James, con un título que me llamó la atención: Assholes, A Theory. Fue publicado en 2009 y curiosamente menciona solo de forma muy superficial a Donald Trump. Sin embargo, conforme uno lee las conclusiones del profesor James, da la impresión que está haciendo una detallada descripción de la cosa esa anaranjada que ocupó la Casa Blanca entre 2017 y 2021.

El término anglosajón asshole es una de las pocas palabras en inglés que me parece no tiene una traducción exacta al español. Obviamente, la definición “oficial” sería un vulgarismo para referirse al ano. Pero, en su acepción más frecuente, constituye un insulto que, si buscamos en el diccionario, los posibles equivalentes en castellano pudieran ser: estúpido, imbécil, cabrón, pendejo, mamón o expresiones tan castizas como gilipollas o tonto del culo. Aunque ninguna de estas palabras represente exactamente el significado que se le da en inglés, el caso es que parece un calificativo poco conveniente.

Las tres características más destacables de un asshole, según el autor, son: 1) se permite a sí mismo disfrutar sistemáticamente de ventajas especiales; 2) disfruta de esas ventajas basado en una arraigada sensación de que no solo tiene derecho a ellas, sino que las merece, y 3) su sentido de merecimiento lo inmuniza contra el cuestionamiento de cualquier otro que no goce de esas ventajas, creyendo que los demás los envidian.

Esta sensación de tener derecho a un tratamiento especial es un elemento común a sus interacciones con el resto de la sociedad. Esta gente no solo suele ser arrogante, sino que parece disfrutar siendo maleducados, desagradables y particularmente antipáticos.

Pero si esto ocurre en un tipo con una patológica personalidad narcisista (en cuya definición encaja Trump, según la Sociedad Americana de Psicología), fanático de la autoadulación y que presume de cómo pasa por encima de las normas, se logra ser tremendamente despreciable.

Pero que alguien sea un perfecto patán no es noticia para nadie. Durante toda la historia de la humanidad, estos individuos siempre han existido y suelen ser despreciados por la mayoría de quienes tienen el desagrado de conocerlos. Lo que no es normal es que un tipo como este se haya constituido en un símbolo para una buena parte de la población americana y para uno de los dos grandes partidos políticos de una nación que presume ser un ejemplo de democracia.

Desde la campaña de 2016, la actitud de Trump hacia todos los demás candidatos era propia de una personalidad nauseabunda, burlándose, poniendo apodos y despreciando a quienes competían contra él. Así, aunque la mayoría de los estadounidenses votó contra él en 2016, ganó la elección, gracias a la anacrónica aberración del colegio electoral y la particular manera que tienen en Estados Unidos de aferrarse a un sistema que pudiera tener sentido a finales del siglo XVIII, pero que no tiene lógica alguna en la época de las comunicaciones digitales instantáneas del siglo XXI.

Como presidente, la cantidad de escándalos que propició este tipo fueron incontables. Desde la manera como manejaron la pandemia, despreciando las evidencias científicas y dedicándose a decir todo tipo de estupideces sobre las vacunas, los tratamientos y el uso de medidas de protección, su extraña relación con Vladimir Putin, su solicitud al presidente de Ucrania para atacar a la familia de Joe Biden y la diseminación de todo tipo de noticias falsas ya eran suficiente razón para echarlo.

Pero cuando perdió la elección, su insistencia en inventarse un fraude electoral, la diseminación de todo tipo de mentiras, los intentos para alterar resultados a nivel estatal y, para rematar, la sublevación para bloquear la certificación de la victoria electoral de Biden el 6 de enero de 2021, lo convirtieron en un gran peligro para la democracia. No solo en su país, sino en el resto del mundo, por la gran influencia que tiene Estados Unidos con lo que pasa a nivel global.

Y después de salir de la presidencia, el tipo sigue “generando contenido” con la cantidad de documentos que abiertamente se robó de la Casa Blanca, porque considera que también tiene derecho a hacer lo que le dé la gana con documentos clasificados.

En fin, es inaudito que semejante tipo sea una inspiración para millones de personas que ven a Trump como el defensor de sus valores. Valores donde la corrección política, el diálogo civilizado y la más elemental educación no son necesarios. Pero aún peor es la forma como muchos políticos republicanos miran hacia otro lado o le hacen coro a las mentiras de un tipo que claramente debía estar preso.

Apenas esta semana, las comisiones que investigan la insurrección del 6 de enero y la sustracción de documentos que encontraron en su casa en Florida le están exigiendo entregar documentación y presentarse a declarar bajo juramento sobre su participación en esos delitos. Pero no sorprendería que vuelva a bloquear la justicia, para no cumplir con lo que se le solicite. Finalmente, se siente por encima de la ley. Y mientras seres despreciables como Ted Cruz, a quien insultó no solo a él, sino a su padre y a su esposa, seguramente seguirán lamiéndole a Trump el título del libro de Aaron James. A fin de cuenta, son políticos… ¡Qué asco!

El autor es cardiólogo.


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