Durante la inauguración del Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, el presidente José Raúl Mulino destacó la posición estratégica del Canal de Panamá en el comercio internacional e hizo un llamado a profundizar la integración latinoamericana para fortalecer la competitividad regional en un escenario global cada vez más desafiante.
Agregó que América Latina debe conformarse como un bloque único, pues solo así tendrá poder real de negociación frente a las amenazas del mundo actual y podrá actuar como contrapeso de paz, diálogo y equilibrio global.
En ese mismo sentido, el expresidente de Colombia y premio Nobel de la Paz, Juan Manuel Santos, expresó la necesidad de que los países latinoamericanos se unan sobre denominadores comunes, sumando capacidades y fortalezas, con una sola voz que permita sentarse a dialogar con las potencias globales en condiciones de mayor equilibrio, preservando los intereses regionales y contribuyendo a la paz social mundial.
En general, los mandatarios, líderes e invitados presentes en el foro coincidieron en un llamado histórico y enérgico a retomar la unidad, la integración y el fortalecimiento del sentido regional en el orden global, junto con el multilateralismo, la seguridad, la democracia y el desarrollo sostenible de los pueblos latinoamericanos.
La pregunta clave es cuál debe ser el paso siguiente para construir ese bloque único de integración regional, tal como lo plantearon los jefes de Estado, considerando los objetivos expuestos en el foro y los múltiples antecedentes históricos de integración, desde el proyecto bolivariano hasta los actuales esquemas subregionales en América Latina y el Caribe.
La integración regional es, por naturaleza, un proceso gradual y cauteloso, que debe respetar los intereses nacionales y basarse en la unión consensuada de voluntades. En este camino ya existen avances relevantes, como Mercosur y la Comunidad Andina en Sudamérica; Caricom en el Caribe; y el SICA en Centroamérica, además de otros mecanismos como la Alianza del Pacífico o iniciativas anteriores como el Plan Puebla Panamá.
Cada uno de estos proyectos posee características socioeconómicas, políticas e institucionales propias, lo que obliga a diseñar mecanismos de asociación que permitan su articulación progresiva hacia un nivel suprarregional latinoamericano, con órganos políticos y técnicos comunes. En esa línea se inscriben esfuerzos históricos como la ALALC, la ALADI, el SELA y, más recientemente, la CELAC, aunque esta última carece aún de efectos jurídicos vinculantes.
Retomar el llamado de los mandatarios implica pasar del discurso a la acción, cerrar brechas entre subregiones y superar intereses estrictamente nacionales o proteccionistas. El desafío es avanzar hacia un proyecto latinoamericano que aborde de forma conjunta problemas comunes en democracia, economía, comercio, ambiente, seguridad y migración, mediante instituciones regionales con capacidad real de decisión e incidencia en los marcos jurídicos internos de los Estados miembros.
Esto también exige trascender los vaivenes ideológicos de los gobiernos de turno y asumir la integración como un proyecto de Estado, no de gobierno, con voluntad política para ceder espacios de decisión en favor de consensos supranacionales de obligatorio cumplimiento.
Finalmente, el proceso debe incluir a las fuerzas productivas, académicas, profesionales y sociales, de modo que se comprendan sus beneficios, costos y desafíos. Solo así América Latina podrá actuar como un bloque regional capaz de enfrentar las nuevas amenazas del sistema mundial. Como advirtió el primer ministro de Canadá, Mark Carney: si no estás en la mesa, estarás en el menú.
El autor es profesor de la Universidad de Panamá y ex diputado Parlacen.

