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Un camino que va a ninguna parte

A Europa la acosan graves problemas pragmáticos y tiene pánico ante la incertidumbre que provoca la llegada del invierno en medio de una crisis energética, agravada con una imparable inflación. El otrora imperial y conquistador continente se ha convertido en una avasallada región y recoge lo que sus propios políticos, jugando para Estados Unidos, han sembrado.

Cuando Estados Unidos mira a la Unión Europea (UE), lo hace a través de Alemania, su “cabeza de playa” en el continente europeo, y no para pedir solidaridad, sino para exigir acatamiento. Alemania es el Estado más poderoso y cabeza de la UE. Son como el matón del pueblo que impone su voluntad a la pandilla sin rechistar y ordena sin estimar el impacto negativo que sus decisiones podrían tener en la cotidianidad de los más de 500 millones de europeos. Y es que en la política no hay casualidades; todo son intereses blindados por grandes medios de información.

Las sanciones y medidas exhaustivas impuestas a los rusos son promovidas como una alternativa menos destructiva que la guerra, pero en verdad son actos de guerra que pueden llevar a consecuencias imprevistas; como ejemplo: lo que hoy se suscita en Europa. Sus dóciles políticos, que no tienen la más remota idea de cómo funciona la economía de un país, no han sabido valorar lo importante que es para los europeos el suministro del gas y crudo ruso; la única fuente de energía necesaria para la supervivencia y crecimiento socioeconómico y cuya suspensión ha impactado de sobremanera al corazón de los 29 países de la Unión. Esto sucede por la falsa creencia de estos torpes políticos que las sanciones y las medidas exhaustivas son una forma gratuita de obligar a otros países a hacer lo que uno quiere que hagan.

¿Vale la pena que Europa se esté sacrificando por Ucrania? ¿Quién es Ucrania? ¿Que se persigue? Dando un ligero vistazo a su historia, vemos que aquí se encierran otros intereses oscuros que no se difunden y se esconden, porque cambiarían la narración de los hechos como los medios están promulgando.

El territorio ucraniano se formó como parte territorial de la “Kiev de Rus” desde los tiempos medievales (1349). Luego, tras su disolución, la parte “occidental’ (oeste) pasó a formar parte de Polonia, y la “oriental” (este) se mantuvo bajo el Imperio de Rusia. Siglos más tarde, el imperio austrohúngaro se hace del territorio polaco y, por ende, de la parte oeste de Ucrania hasta 1919, cuando pasó a formar parte territorial de la Unión Soviética. Fue entonces que, tras una larga historia de dependencias territoriales, cuando los soviéticos la proclamaron como la Republica Socialista de Ucrania.

Su historial de dependencia a otros Estados engendró graves y antagónicos problemas étnicos y culturales dentro de su territorio, haciendo que la convivencia entre los rusos del este y los ucranianos del oeste fuera intolerable, implicados en una interminable guerra civil que hasta hoy se mantiene. Con la disolución de la Unión Soviética, hace solo 31 años, se forma la República Independiente de Ucrania con gobierno propio, pero funestamente ingobernable por la bipolaridad cultural que ha arrastrado durante toda su historia. Esto hizo que la lucha entre las partes en conflicto dejase de ser solo para defender sus demarcaciones territoriales, sino por el control del poder político de toda la república, que no es lo mismo. No son, ni han sido nunca, un país unido, como los medios señalan.

Como solución a esta problemática se estaba negociando la división geopolítica del territorio, que la transformaría en dos Ucranias independientes: el oriental ruso cultural y la occidental ucraniana. Las ambiciones expansionistas y de dominio de las potencias militares de Estados Unidos y la OTAN, la visualizaban desde otra perspectiva más peculiar: como la pieza clave del rompecabezas que fortalecería significativamente sus dominios territoriales en la región, por su cercanía a Moscú y predominio sobre el mar Negro. Entonces, para interrumpir las negociaciones que se efectuaban en ese sentido, se planificó un golpe de Estado desde Alemania, lo que se conoce como el Maidan, la revolución de colores del 2014.

Así, con la instalación del nuevo gobierno de facto afín a sus intereses, se desechó la idea de las dos Ucranias y de inmediato solicitó su ingreso a la Unión Europea y la OTAN, lo que causó el descontento y reacción de Rusia al verse amenazada por su tradicional enemigo. Los oídos sordos de Alemania a las peticiones rusas, que suponían tratar el peligro que esto significaba para salvaguardar su seguridad territorial y la física de sus coterráneos que vivían en Ucrania, hicieron que los rusos se avocaran a la lucha armada invadiendo el oriente ucraniano rusoparlante, como medida preventiva de seguridad alterna, ya que Alemania se negaba a responder a sus inquietudes.

La respuesta de occidente no se hizo esperar: impulsaron un régimen de sanciones para fundamentar y justificar los envíos de armas y dinero al gobierno ucraniano, para que recuperase el territorio invadido. Para hacer más notable y contundente el rechazo, metieron en el baile a una avasallada UE, representada por Alemania, quien la condujo al título del “gran perdedor” del conflicto. Lo más contraproducente, sobre todas las sanciones, fue cuando Alemania no se atrevió a oponerse a las exigencias de que paralizara el recién construido gasoducto Nord Stream 2, proyectado a triplicar el envió del gas barato ruso a Europa y que aumentaría significativamente lo que ya se enviaba por el otro Nord Stream 1.

Ahora, como respuesta a las alegres sanciones con las que juegan los ingenuos políticos, se han suspendido los suministros de gas por el North Stream 1, una fuerte estocada a la ya crítica situación energética por la que atraviesa Europa.

Este artículo no está redactado para favorecer a ninguna parte, pero sí con el convencimiento de que los políticos que manejan los intereses de la UE son los causantes directos de esta crisis y fueron precisamente puestos allí por idiotas. Y los listos que pululan en las altas esferas del poder que se benefician de este convulsivo escenario, están felices. Alemania pudo haber evitado todo el desbarajuste que se ha generado por la invasión rusa a Ucrania, que, cual efectos arrasadores que se producen a causa de las ondas expansivas de una bomba atómica, han trastocado el orden socioeconómico en todos los rincones del mundo y dejado a Europa transitando por un camino que va a ninguna parte.


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