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Un canto a los libros: volver a enamorarnos de la lectura

Un canto a los libros: volver a enamorarnos de la lectura
Feria del Libro

De niños cantábamos en la escuela una tonada sencilla: “El libro es el mejor porque me enseña cosas que no sabía yo”. La repetíamos sin pensarla mucho, en fila, con la voz desafinada de quien no sabe todavía que está diciendo algo importante, como parte del ruido feliz de la infancia. Nadie nos advirtió que aquellas palabras cargaban una verdad que tardaríamos décadas en entender.

Porque hay enseñanzas que llegan primero al corazón y solo después, con los años, a la razón. Aquella canción de recreo escondía una reflexión seria sobre lo que un libro puede hacer por una vida entera.

Un libro no es un objeto de papel y tinta. Es una puerta hacia otro tiempo, una conversación con alguien que quizá murió hace siglos y que, sin embargo, sigue teniendo algo que decirnos. Es también un espejo: a veces leemos para escapar de nosotros mismos y terminamos, sin quererlo, entendiéndonos mejor. Entrar a una librería sigue siendo, para quien lee, un pequeño rito: caminar entre estantes, hojear libros, tropezar con un autor del que nunca habíamos oído hablar y sentir esa curiosidad antigua por saber qué guarda ese libro adentro. Hay algo casi físico en ese instante, una expectativa parecida a la de abrir una carta.

Comprarlo ya es un gesto simbólico: decirnos que aún tenemos curiosidad, que todavía creemos que una historia puede sorprendernos. Pero el verdadero placer empieza cuando lo abrimos y dejamos que dialogue con nuestra propia vida. Un libro cerrado es apenas una posibilidad. Uno leído es una experiencia.

Panamá tiene, cada agosto, una cita con esa posibilidad. Del 25 al 30 de agosto se celebra la Feria Internacional del Libro, en el Centro de Convenciones Atlapa, organizada por la Cámara Panameña del Libro. El invitado de honor de esta edición es el Canal de Panamá, bajo el lema “La ruta de miles de historias” —un guiño feliz entre la vía interoceánica y esa otra ruta, la de las páginas, que también conecta mundos—.

Una feria del libro, sin embargo, es mucho más que una mesa de ofertas. Es escuchar a un autor explicar por qué escribió lo que escribió, dejarse sorprender por un título que no buscábamos y que terminó encontrándonos, tomarse ese cafecito de rigor mientras se comenta una lectura entre amigos, se discute un final o se recomienda, en voz baja, un libro que cambió algo por dentro. Es, sobre todo, una experiencia humana: caminar rodeado de gente que aún cree que las palabras tienen poder, en una época que parece empeñada en demostrar lo contrario. Ahí conviven el lector veterano que ya sabe lo que busca y el que entra sin saber que va a salir con un libro bajo el brazo, convertido, sin planearlo, en lector.

Porque las pantallas compiten por cada segundo de nuestra atención y ganan casi siempre. Nos han entrenado para el desplazamiento rápido, para la frase corta, para saltar de un estímulo a otro sin terminar de digerir ninguno. Frente a ellas, detenerse ante un libro es casi un acto de resistencia: una forma de reclamar calma, imaginación y profundidad en un mundo diseñado para la prisa, donde leer despacio se ha vuelto, de algún modo, un gesto casi rebelde.

Alguien dijo que quien lee nunca está solo. Es una frase gastada de tanto repetirse y, sin embargo, sigue siendo exacta. Un lector puede estar en silencio, encerrado en un cuarto y, al mismo tiempo, acompañado por un personaje, una idea, la voz de alguien que decidió, hace tiempo, compartir sus pensamientos con desconocidos. Yo agregaría algo: quien tiene un libro entre manos nunca siente que le falta nada.

Un libro puede ser refugio en los días difíciles, compañía en una tarde tranquila y una fuente de aprendizaje que no se agota ni se vuelve obsoleta con el tiempo. Tal vez aquella canción de la escuela tenía razón desde el principio: el libro es uno de los mejores amigos que podemos tener, no porque nos dé todas las respuestas, sino porque nos enseña a hacer mejores preguntas y a desconfiar, con elegancia, de las respuestas fáciles.

Esa, quizás, sea la mayor belleza de la lectura: que nunca termina de sorprendernos. La Feria del Libro de Panamá vuelve a tendernos esa invitación, la de reencontrarnos con las historias, las ideas y las emociones que solo un libro sabe regalar. Será, en el fondo, una oportunidad más para volver a enamorarnos de la lectura.

El autor es doctor en Educación, abogado y periodista.


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