Hace dos días, en Argentina, un adolescente de 15 años abrió fuego en el patio de su colegio. Un niño de 13 años murió. Siete más quedaron heridos.
Tardé en procesar la noticia. No porque no estuviera acostumbrada a escuchar este tipo de tragedias —los titulares desde Estados Unidos nos han ido insensibilizando, de a poco, sin que lo notemos— sino porque esta vez fue diferente. Argentina, para mí, no es un país lejano. Es el país donde crecí. Donde tuve mis primeros amigos, mis primeros miedos, mis primeros sueños dentro de un aula exactamente igual a la que hace dos días se convirtió en escena de horror.
Y hoy tengo una hija en la primaria en Panamá. Una hija que también podría estar expuesta a una tragedia similar.
Eso cambia todo.
Cuando leemos estas noticias, tendemos a buscar al monstruo. Queremos que haya un villano claro, una causa única, una explicación que nos permita decir: “eso no puede pasarnos a nosotros”. Pero la verdad es más incómoda: un joven que toma un arma y la dispara frente a sus compañeros casi nunca actúa de la nada. Puede que tenga un problema de salud mental no diagnosticado. Puede que haya tenido acceso demasiado fácil a un arma. Pero lo que es casi seguro es que ese joven ha sufrido mucho, y que en algún momento —quizás en muchos momentos— intentó pedir ayuda. Y no encontró un adulto que lo escuchara, una familia que lo contuviera, una comunidad que lo recibiera, ni una intervención del Estado que pudiera ayudarlo. Porque esto no es solo una tragedia individual. Es el síntoma de un sistema que falló en múltiples niveles.
Eso nos interpela directamente a todos los que trabajamos con adolescentes. A los padres, a los docentes, a los pediatras, a los psicólogos, a los entrenadores, a cualquier adulto que comparte tiempo con un joven.
Los avisos siempre están ahí. Lo que falla, a veces, somos nosotros: los adultos que miramos sin ver, que escuchamos sin oír.
Hoy, te invito a prestar atención si un adolescente empieza a pasar horas encerrado en su cuarto o pegado a las redes sociales sin querer salir. Si baja su rendimiento académico sin una razón aparente. Si deja de hacer las cosas que antes lo hacían reír. Si duerme mal, come mal, responde con agresividad o, al contrario, con un silencio que se siente diferente. Si habla —aunque sea de forma indirecta— de sentirse solo, de no importarle nada, de que todo sería mejor sin él.
Estas no son señales menores. Son llamados de auxilio en el único idioma que algunos adolescentes saben usar.
Nuestra responsabilidad como adultos en estas tragedias rara vez es por acción. Casi siempre es por omisión. Por las veces que no preguntamos. Por las veces que estábamos demasiado ocupados. Por las veces que pensamos “son cosas de la edad” y seguimos de largo. Por las oportunidades que tuvimos de intervenir a tiempo y dejamos pasar.
No digo esto para culpar. Lo digo porque todavía estamos a tiempo. Cada uno, desde el lugar que ocupa —como padre, como maestro, como médico, como vecino, como servidor público— tiene la posibilidad de ser ese adulto que no miró para otro lado.
Esta noche, mira a tus hijos a los ojos. Pregunta cómo están y después espera la respuesta de verdad. No te conformes con un “bien”. Pregunta un poco más. Insiste con cariño. Ese momento simple puede ser exactamente lo que tu hijo está necesitando para no sentirse solo en el mundo.
Un disparo en el patio de un colegio argentino nos sacudió hace dos días. Que no necesitemos un titular similar en las noticias locales para despertar.

